Series de tv, libros, cine...y una constante presencia gatuna

jueves, 19 de octubre de 2017

It (2017). Desconfía de los payasos en los días de lluvia


2017 ha sido un buen año para Stephen King. En un espacio de tiempo tan breve, ha conseguido ver adaptados a cine y televisión varios de sus libros. Y aunque La Torre Oscura no fuera el éxito de crítico y público que esperaban (aunque a mí me gustó horrores) y la nueva serie de la Niebla acabara siendo cancelada (se lo merecía por prometernos criaturas de otra dimensión y darnos el cambiazo por un telefilme), quedaba todavía la más difícil de sus obras y la que podría considerarse la joya de la corona de todo lo estrenado.



It, pese a lo controvertido de su contenido, donde el horror cósmico se mezclaba con el más crudo y cotidiano, consiguió ver en 1990 una versión en miniserie más que digna, donde en parte por los medios, y en parte por las normas televisivas, muchos aspectos se quedaban fuera. Pero que a pesar de esto, consiguió ser una de las producciones de terror más memorables de la década, en parte gracias a la presencia de Tim Curry como Pennywise, el payaso cuya apariencia ocultaba una criatura que cada 27 años se llevaba a varios niños de Derry, una pequeña ciudad que ya sin la presencia de un ser así era un lugar de lo menos recomendable: llena de violencia oculta, secretos y silencio, es un grupo de chiquillos al margen, por distintos motivos, de la sociedad infantil, quienes tras la desaparición del hermano de uno de ellos, son conscientes de su presencia y deciden enfrentarse a ella. Y si la idea de enfrentarse con doce años a un ser prehumano parece difícil, lo es más cuando este es capaz de convertirse en todo lo que ellos temen.




Esta nueva versión no se trata de un remake, sino de otra versión de la obra de King, y aunque el contenido será similar, la forma de enfocarlo es muy distinta. Especialmente porque el presupuesto y el carácter del público ha cambiado, por lo que la película tiene muchos factores a su favor. En cambio, era difícil olvidar algo tan simple como la capacidad con la que Tim Curry podía infundir temor sin apenas efectos especiales, y sin más caracterización que un traje de payaso tirando a simple, como el que podría verse en cualquier fiesta infantil. El nuevo Pennywise toma un aspecto muy distinto, remitiendo a los payasos del siglo XIX con un traje y un aspecto de arlequín mucho más detallado, pero también mucho más ajado y de colores más opacos. Y en el que el encargado de darle vida, Bill Skarsgard, opta por interpretarlo de forma que su presencia sea una amenaza mucho más abierta, y donde ya en sus primeras apariciones su actitud transmite una mayor sensación de demencia y de ocultar lo que es verdaderamente.


 
En persona vs. foto de Tinder (atención: chiste mainstream)

Si bien el libro estaba ambientado a caballo entre finales de los cincuenta y finales de los ochenta, el guión da un salto para narrar unicamente la primera parte, centrándose en unos protagonistas infantiles hace treinta años: un salto de generación pensado, del mismo modo, para el público adulto que reconozca los escenarios de la película como parte de su infancia. Y aunque los ochenta que presenta están muy bien reflejados, estos carecen de la nostalgia con la que se pudo potenciar Stranger Things. O al menos, no demasiado: siempre conserva cierto punto donde se explota un poco la imagen de infancia idílica que hace pensar en esos años, como los paseos en bici, la impresión de las vacaciones que duran siempre o unas canciones que suenan en los momentos acertados. En cambio, procuran mantener ante todo la época en la que viven los protagonistas, con todos los aspectos negativos y neutrales que conllevaban: las comunicaciones limitadas, o el que todo lo que puedan descubrir los protagonistas se encuentre mediante bibliotecas.



Dentro de los matices más oscuros que se muestran, es la propia ciudad de los personajes: ciertas situaciones que ya en el libro eran muy controvertidas, y algunas que dudo mucho que se lleguen a ver nunca en pantalla, pero que aquí se trasladan con mucha sutileza: en la ciudad de Derry se entreven habitantes mucho peores que Pennywise, y si bien no se regodean en ella, un lugar marcado por la violencia, el secretismo, y donde cualquiera puede ser un psicópata, resulta más inquietante.



Por este motivo el desarrollo del guión se convierte en una mezcla de elementos sobrenaturales y horror real, de modo que en algunos momentos la película es una sucesión de sustos y escenas costumbristas. Un estilo que se hace un poco repetitivo,en el que el montaje hace que estas se alternen de una forma que parece puesta en orden. Pero que por separado son muy efectivas: al guión se le suman unos actores principales muy competentes pese a su edad (y uno de ellos reconocible por Stranger Things), mientras que las escenas macabras se desarrollan con un imaginario muy cuidado y donde detallan al milímetro lo grotesco de los miedos de los miedos de los protagonistas y lo que oculta verdaderamente el personaje de Pennywise.

Aunque esta versión de It se limite a rodar la primera parte de la historia, sin hacer referencia a su continuación treinta años después, la idea no ha sido mala: por un lado, han creado una historia independiente, aunque haga un poco que el resto de la narración pueda verse un poco como una secuela y no como un todo. Por otro, se aseguraban al menos poder cerrar esa primera parte en caso de no poder continuarse. Que, vistos los resultados esta vez, no va a ser el caso.




jueves, 12 de octubre de 2017

Piratas del Caribe: La maldición de Salazar (2017). Recordaremos esta película como la película con la que nos despedimos de Jack Sparrow


Con Piratas del Caribe me pasa algo parecido que con Harry Potter: no soy fan acérrima de la serie pero he acabado viendo todas sus entregas. En elcaso de la franquicia de Disney, tiene más delito, porque en cierto modo, cada una me desilusionó un poco: el trailer de la primera prometía para mi asombro una historia con piratas zombie. En realidad se trataba de una película de aventuras, muy inocua y para toda la familia, llena hasta la bandera de secuencias acrobáticas (no en vano la inspiración original era una atracción de Disneylandia). La segunda, tras el cliffhanger final, presentaba algo más tentador: piratas y profundos...Además de confirmar que todo mejora con piratas, el efecto fue similar a la anterior. El cierre de la trilogía, una vez aceptado que la saga nunca iba a ser lo que yo quería, me pareció más aceptable. Pero ya a partir de la primera entrega quedaba clara una cosa: que el capitán Jack Sparrow, un pirata un tanto ridículo, pero carismático y un genio oculto tras su aparente patosidad, se había convertido en la estrella. Algo que intentaron aprovechar en una cuarta secuela, ajena a la trama de la original, donde terminaba por quedar clara otra muy distinta: que Jack Sparrow brillaba más cuando se retiraba al papel de secundario o coprotagonista en lugar de ser el principal.



La maldición de Salazar decide regresar un poco a los orígenes, retomando la historia de la Piratas del Caribe original, aunque con un salto temporal importante: han pasado 20 años desde que Will Turner se convirtiera en el capitán del Holandés Errante, y ahora su hijo busca la manera de liberarlo mediante el tridente de Poseidon, un objeto legendario capaz de romper todas las maldiciones del mar. Porque el Holandés solo es una de tantas: el barco del capitán Salazar también vaga por el océano matando a las tripulaciones de los navíos que se cruzan en su camino, conservando a un solo superviviente al que encomienda el contar los hechos. Porque, como dice el título original en inglés, los muertos no cuentan historias. Henry Turner es uno de los desafortunados que se ha cruzado con él, y ahora ambos buscan a Jack Sparrow: el primero, para vengarse del pirata que lo derrotó, y el segundo, por ser el único capaz de ayudarlo a localizar el Tridente. Bueno, y también hay una astrónoma, a la que todo el Caribe se ha empeñado en condenarla por brujería. Y el capitán Barbossa, porque la serie no estaría completa sin el principal rival de Sparrow.



Aunque con cada entrega el personaje de Johnny Depp fuera cobrando más protagonismo, en esta deciden dar un poco un paso atrás y, volviendo a la trama inicial, este se convierte más en un punto alrededor del que pivotan el resto del reparto. Una buena decisión porque aunque este fuera el mayor acierto de la serie, se debía un poco a que en el fondo, estos resultaban un tanto sosos en comparación con lo que ofrecía Depp, Geoffrey Rush e incluso la pareja de piratas que durante las entregas anteriores se encargó de los momentos más cómicos. En este caso, han vuelto a caer en el mismo error, Henry y Carina son unos héroes que se limitan a cumplir su obligación de tirar del resto de piratas y que en el caso de la última, se convierte un poco en el añadido obligatorio para toda superproducción. Al igual, por desgracia, que el capitán Salazar: estamos viendo Piratas del Caribe, y es necesaria que haya un antagonista sobrenatural presente. Sean zombies, hombres molusco o fantasmas marinos.



La el desarrollo de Jack Sparrow en este caso ha sido uno de los más interesantes: cada vez más caricaturesco, el pirata que hace su aparición parece haber tocado fondo y ser un hecho conocido por todos: la pérdida de confianza de su tripulación, la reducción gradual de la recompensa que se ofrece por su captura, una actitud cada vez más grotesca, donde no se escatiman chistes sobre (falta de) higiene, y sobre todo, una caracterización final como alcohólico que resulta muy curiosa teniendo en cuenta las horas bajas en las que se encontraba el actor durante el rodaje. El contraste entre el declive del personaje con el momento en el que se ganó el respeto de su tripulación, y su posterior redención acaba convirtiéndose en una parte importante de la historia que, en cierto modo, adquirió popularidad gracias a él.



En comparación con las tres primeras, el tono de la película también parece más calmado: las acrobacias y las secuencias de acción imposible siguen siendo una parte importante, y a la que le dedican un buen rato en los primeros minutos, para irse volviendo un tanto más pausada y menos cómica, más acorde con unos antagonistas y unos escenarios más oscuros. Tan oscuros, en algunos casos, que parece que hacen fundido a negro, porque el contraste entre los fantasmas de Salazar y las batallas marinas frente a los planos de islas tropicales y mares en calma es mucho mayor que en las anteriores.


Sin quedar demasiado claro si habrá un Piratas del Caribe 6, La venganza de Salazar supone un cierre bastante adecuado a una historia que iban desarrollando más bien como justificación a unos efectos especiales de los que procuraban hacer la mayor gala posible. Y que, una vez superado el “mira todo lo que podemos hacer” que tuvo lugar en los primeros años del 2,000, acabó tomando un poco más de forma e interés. No tanto por el carisma de sus protagonistas sino por el que entonces desbordaba el Capitán Jack Sparrow

jueves, 5 de octubre de 2017

Verónica (2017). Ocultismo, Vallecas y Héroes del Silencio


En 2007 Paco Plaza la cartelera con una película donde mezclaba de forma muy hábil el rodaje con cámara en mano, los infectados y hasta las posesiones diabólicas. Aún con entregas un poco irregulares, esta dio para una franquicia bastante divertida. Es curioso que justo diez años después vuelva a presentar una producción de terror recurriendo a temas que en general, no se emplean demasiado en España. Si en Rec optó por los zombies (perdón, infectados) y la filmación desde el punto de vista de sus protagonistas, el guión de Verónica está basado en algo que nos parece habitual en cada entrega de Expediente Warren, pero no tanto en el género fantástico local como sería el contar con un guión inspirado en hechos reales.



Verónica es el nombre de la joven protagonista, y autora de una llamada que la policía de Vallecas recibió una noche de 1992, registrando en sus informes el que sería el único caso de poltergeist del que hay constancia oficial. Pero eso es solo una parte de la historia, porque esta comienza unos pocos dias antes: cuando Veronica, una joven de quince años, huérfana y un tanto abrumada por su papel como cuidadora de sus tres hermanos, decide celebrar una sesión de ouija junto a dos amigas para intentar contactar con su padre. Esta termina con un enorme susto y una espantada por parte de dos de ellas, mientras que para la protagonista comenzarán una serie de terrores nocturnos que irán volviéndose más reales: golpes en la oscuridad, una sombra que deambula por su casa y la sospecha de que, lo que hubiera contactado mediante el tablero, volverá a por ella y sus hermanos.



La impresión que produce una vez terminada la película es que esta ha sido un acierto pleno: con una hora y media escasa, resume perfectamente lo que acontece en menos de tres días, dándole en cambio a cada momento una sensación de lentitud muy acertado teniendo en cuenta las situación de su protagonista: además de tratarse de una adolescente, para quienes una hora de clase o un fin de semana parecen mucho más largos que a un adulto, es alguien que se encuentra aterrorizada y cada momento de tensión dura una eternidad.



La ambientación no es otra que la época en la que los sucesos que la inspiran tuvieron lugar, pero también ha sido uno de los elementos más atractivos: son, simplemente los noventa. Pero los de verdad, no los de la nostalgia, donde aparecen las cosa que el público recuerda, las que ya ha olvidado y las que preferiría olvidar. El barrio donde tiene lugar la historia, donde los yonkis campan a sus anchas, los bares donde los parroquianos comentan el futbol a gritos o donde Cajón desastre era el programa infantil estrella los sábados se presenta como algo real, y habitual no hace mucho. Y donde el interés de la protagonista por el ocultismo viene gracias a los fascículos de los kioskos y no a internet, y donde precisamente por su desconocimiento, tiene lugar uno de los momentos de mayor humor negro de la película. Sin decir nada más, todo surge precisamente a partir de un detalle tan simple como el que esta ignore lo que es un mantra.


 
Una de las cosas que más miedo dan después de los espectros: las monjas

El tratamiento de la trama sobrenatural está muy vinculado a los personajes, y especialmente, a cómo se suele analizar los fenómenos poltergeist en la parapsicología, como son la aparición de la ouija y sobre todo, un personaje central en la adolescencia y sometido a mucha presión. Una sorpresa, pero de las buenas, es el conjunto de los secundarios que la rodean: bien caracterizados, y en ningún momento juegan a volverlos insufribles para polarizar la situación. Los hermanos menores de la protagonista son muchas veces irritantes, a veces graciosos, pero niños a fin de cuentas (bueno, una casa con tres críos armando jaleo es casi la pesadilla de cualquier hijo único) y el espectador acaba sintiendo el mismo temor por ellos que el que puede tener el personaje principal . Las interpretaciones de estos, era de esperar, están muy lejos del arquetipo de niño irritante o repollo que acabó vendiendo la televisión durante varios años. Y Sandra Escacena en el papel protagonista puede estar muy satisfecha con su debut, porque salvo algún momento en el que parece estar un poco perdida en una escena de suspense, lleva el peso de la película con éxito.



Queda lo más importante en una cinta de terror: los sustos. Sustos, tensión o suspense, si queda más fino. Y más adecuado al tono de la historia: pese a no eludir la parte sobrenatural, contando con un par de apariciones fantasmales, esta es mucho menos exagerada, y más gradual, que lo que podría aparecer en un Expediente Warren o Insidious: juegan un poco con la ambigüedad, no quedando a veces claro donde termina la pesadilla y donde empieza lo real, y en todo momento se limitan a mantener la tensión, en sugerir más que mostrar hasta el desenlace, donde todo se hace más evidente y violento para los personajes, y sin ceder al truco sobresaltar subiendo el volumen para asegurarse que funcionen.



Aunque se estrenase en una fecha tan poco propia para el terror como es agosto, y con una competencia posterior tan dura, en calidad y medios como es It, Veronica ha sido todo un acierto y seguramente una de las mejores películas de terror que se han podido ver este año. No sé si Paco Plaza quiso repetir el éxito de Rec, pero ha acertado de pleno.

jueves, 28 de septiembre de 2017

The Vault (2017) ¡Esto es un atraco (embrujado)!


Que cualquier lugar puede ser susceptible de estar embrujado es algo que se ha visto en la ficción desde hace mucho. Es más, hoy hasta el lugar más insospechado es susceptible de ser escenario para una historia sobrenatural, y las mansiones y rectorías han dado paso a hoteles, hospitales, algún que otro barco y hasta comisarías. Pero si hay un sitio que ya le impone respeto al público, después de la delegación de Hacienda, es un banco. Un lugar donde lo habitual es ser escenario de películas de acción y algún que otro drama era, al menos, un punto de partida interesante para ofrecer una historia donde se mezclaran un poco estos géneros.



The Vault comienza con una llamada telefónica donde un empleado de banca avisa a la policía sobre el atraco que está teniendo lugar. Algo que en principio adelanta acontecimientos, ya que la historia comienza un poco antes, con un grupo de personas dispares se encuentran en la sucursal bancaria: por un lado, los empleados que asisten atónitos a una escena típica de cualquier película cuando un grupo de ladrones irrumpen en el local. Por otro, los organizadores del plan, tres hermanos que se han visto obligados a recurrir al golpe para pagar ciertas deudas. O por aquello de darle algo de trasfondo a los protagonistas, porque poco más se sabe del tema. El robo no sale como esperaban, obteniendo un botín más bien escaso y el grupo no tiene otra opción que intentar abrir la cámara acorazada que se encuentra en el sótano y así poder justificar un plan que no ha salido como esperaban. Pero con la policía a punto de llegar, las sospechas empiezan a surgir entre ellos, y no son las que podían esperarse en un escenario así: además de desconocer quien pudo haber dado la voz de alarma, los empleados aseguran que algo sucede en el sótano, y que ninguno bajaría allí ni por todo el dinero que permanece guardado en la cámara.





La idea de mezclar en el mismo metraje una trama sobre atracos y una sobrenatural es de lo más curiosa, y cuando menos, da para una historia entretenida y que se sale de lo común. Pero también resulta fallida: la impresión que da es que ambas han sido pegadas como podían, y que es solo a base de diálogos como consiguen que coincidan: si los primeros minutos responden al milímetro a un guión sobre robos, los intentos de ir introduciendo lo fantástico resultan muy forzados. Ya resulta un poco chocante que alguien en una entrevista de trabajo empiece a hablar de lo poco que duran sus empleados porque les da miedo el sitio, pero es más chocante que uno de los rehenes le asegure a los atracadores que en el banco sucede algo paranormal ¿Que la cámara acorazada da miedito? Como si un tipo con un fusil de asalto apuntando hacia uno no lo diera...



La parte fantástica tampoco queda clara: si en un principio querían quedarse con el aspecto más tradicional de los fantasmas, estos acaban teniendo unas apariciones en las que no queda claro si se trata de espectros, resucitados, o algún tipo de zombies, y donde, por si acaso, se empeñan en hacerlos aparecer un poco porque sí, a modo de sopresa final. Y si al principio esto iba funcionando (si el espectador pone bastante de su parte, eso sí), los tramos finales estropean lo poco que habían conseguido en la primera parte. Los personajes, salvo el trío protagonista, son víctimas de esta aproximación tan tópica: dos de ellos se limitan a estar ahí un poco para hacer fondo y ser protagonistas de unas muertes un poco grotescas, y los otros tres actores hacen lo que pueden con unas pinceladas tan simples para sus personajes: que si no les quedaba más remedio, que si son delincuentes con un código de honor, que si hay que pagar deudas..Algo que más que servir de algo en el guión, parece pensado para darles unas guías de actuacíón. Que por suerte les funcionan: los tres al menos desempeñan su interpretación con bastante soltura, y dentro de lo simple de sus personajes, resultan medianamente creíbles. Al igual que James Franco, aunque en su caso es un poco extraño que aparezca en la cabeza del cartel cuando su personaje sale tan poco que casi parece que solo fue por ahí a recoger unas llaves.



The Vault resulta una película un tanto fallida, No es una de atracos, tampoco una de fantasmas al uso, y aunque salen ambos, no terminan de tener claro qué quieren hacer con ambas tramas. En cambio, no llega a ser un desastre absoluto: intenta, aunque no lo consigue, ofrecer una historia un poco distinta. No se pasa de ambiciosa, trabajando muy bien con los cuatro escenarios limitados de los que disponen, e incluso cuentan con un par de momentos (como lo que hay en el interior de la cámara o que el vestuario de uno de los personajes revele bastante sobre su pasado) más brillantes que el resto del conjunto. Las hay mejores, pero también mucho peores, y al menos, este atraco no es una mala opción para una tarde de domingo.

jueves, 21 de septiembre de 2017

Roberto García Álvarez y El caminante de Providence. Spoiler: Howard muere al final


 
A H. P. Lovecraft muchos empezamos leyéndolo como escritor y lo terminamos como personaje. Bien como referente histórico en alguna aventura de época, bien como protagonista. En algunos casos como el propio escritor que se enfrenta a una situación inesperada. En otros, plantado nada menos que ante sus propias creaciones. Pocas veces se ha dado una unión parecida entre un autor y el mundo creado por este, quizá empezando esto desde el momento en el que se le ocurrió crear el Necronomicón e incluso dotarlo de un trasfondo histórico. Entre todas estas invenciones, pastiches y variaciones, nos quedaba pendiente la novela más peculiar que llegó a protagonizar: su propia vida.



De las biografías escritas sobre Lovecraft la más conocida en España era la de Sprague de Camp, que en los años siguientes quedaría bastante desprestigiada por la inexactitud de los datos y por convertir a H. P. L. en poco menos que una caricatura del escritor recluso e incapaz de funcionar por si mismo. Además de haber aparecido material suficiente como para poder dar una visión mucho más completa de este. Esta es la idea principal de Roberto García Álvarez, quien desde un principio expone su intención de separar al “personaje”, la imagen que sus primeros lectores nos hicimos y fue postertiormente popularizada, de la persona. Que en realidad es muy distinta: comenzando por unas referencias bastante amplias a sus antepasados cercanos, y terminando por lo que sucedió con su obra unas décadas después, cubre de una forma muy exhaustiva sus primeros años, o en su caso, las circunstancias que entonces afectaron a su familia, su etapa escolar, su carácter, un poco particular y a veces neurótico pero también muy lejos del ermitaño que se esperaría. Su fallido matriomonio con Sonia Greene, su trato, por carta o en persona, con distintos escritores que formarían parte de su círculo o se distanciarían del fantástico, e incluso, los recovecos legales y sucesorios que tuvieron lugar para que los lectores de décadas posteriores conocieran los Mitos de Cthulhu.


El trabajo realizado por García Álvares a nivel de lectura es más que satisfactorio: el libro es muy ameno, directo y no se pierde en teorizaciones, sino que expone los hechos tal cual. O, en algunos casos, expone las distintas versiones, sin optar por ninguna y sin más objetivo que el lector las conozca. E intenta, ante todo, mantener un tono objetivo, sin que se hagan evidentes sus opiniones personales. Algo lógico siendo una biografía, pero es muy difícil que en las páginas no quede solamente el estilo como parte de su autor. En este caso, sus menciones al libro de De Camp son muy críticas, y algo menos a la figura de Derleth, quien sorprendemente, tuvo bastante importancia como editor póstumo de Lovecraft pero no como uno de sus amigos más cercanos.



La visión que da tanto de Lovecraft como de sus allegados también es muy completa: no solo queda lejos del estereotipo popular sino que consigue el objetivo que se había propuesto: retratar a una persona, y no a un personaje. Con unas neuras que quizá lo convirtieran en alguien un poco extraño, pero no tan victima de las circunstancias como se lo retrató previamente. Algo que también puede aplicarse a su familia, donde si bien no se excusan los trastornos que marcarían a los Philips, también están muy lejos de ser unas figuras dominantes o negativas: en la vida, como en las mejores novelas, nada es blanco y negro.



El momento Sálvame que estábamos esperando: H. P. L. y Sonia Greene

Además de su valor biográfico, el libro es toda una fuente de información sobre ciertos aspectos poco conocidos en la vida diaria de la época de preguerra y los posteriores. El aislamiento, tanto en la figura de H. P. L. como en la de muchos lectores y escritores aficionados, no era tal, como se demuestra la extensa red de prensa aficionada con la que este trabajó durante gran parte de su vida. Un conjunto de personas, asociaciones y redes de contacto postal que poco tendrían que envidiar a internet en el próximo siglo (y que de paso, hacen pensar que Lovecraft se sentiría más que cómodo ante un teclado de ordenador. O viendo vídeos de gaticos).



Como biografía para interesados en H. P. Lovecraft, El caminante de Providence es posiblemente una de las mejores lecturas de las que se pueden disponer hoy, además de ser de las más recientes (aún sin haberla leído, empiezo a sospechar que la de Sprague de Camp entra más bien en el terreno de la novela). Y lo del spoiler del principio era broma: Howard no muere al final. Ni Robert E. Howar, ni Clark Ashton Smith. Permanecen, como muchos otros, con sus lectores.




jueves, 14 de septiembre de 2017

El último cazador de brujas (2016). Fantasía urbana, peleas y frikismo. Sobre todo, este último.

En este blog somos partidarios de las brujas por motivos obvios

Entre estreno y estreno grande, siempre es posible encontrar películas de género fantástico que cubran un poco el hueco que queda entre las anteriores. La saga de Resident Evil se las apañó bastante bien en estas condiciones, y de vez en cuando, alguna producción similar prueba suerte, aunque en el fondo, sean un poco la versión actualizada de las series B, con un presupuesto y medios que sus predecesoras de los ochenta no hubieran soñado. Pero, ¿Quién dijo que esto sea malo? Si alguna de las películas más divertidas y originales han visto la luz dentro de esta etiqueta.



El último cazador de brujas no viene a revolucionar el género, pero sí sería un poco este caso: medios más que suficientes y un argumento muy fantástico y muy pensado  para un público concreto. En este caso, el que va a seguir las aventuras de Kaulder, un cazador que en la edad Media consigue acabar con la reina de las brujas, quien ha desencadenado la peste negra sobre Europa. Esta, antes de morir, lo maldice condenándolo a vivir eternamente. Lo que Kaulder, lejos de parecerle una tragedia, le sirve para convertirse en una leyenda en el mundo de las brujas supervivientes y de los pocos humanos que conocen su existencia. Ochocientos años más tarde ambos mantienen una tregua que el último cazador se encarga de hacer cumplir, capturando a todos aquellos que incumplen las normas, interfieren en la vida de los humanos o suponen un peligro. Y que últimamente han empezado a multiplicarse: corren rumores de que la reina de las brujas planea su regreso, que este está relacionado con la vida eterna de Kaulder, y que pese a haber trabajado solo durante los últimos siglos, la ayuda prestada por una hechicera capaz de moverse entre los sueños y el secretario designado por la iglesia como su ayudante, puede ser la clave para evitarlo. 


La mayoría de intentos de pasar las características de la fantasía  urbana al cine no han terminado de cuajar. Yo, Frankenstein resultaba un poco desbarre, Cazadores de sombras  era poco más que un fanfic hecho con cosas vistas mil veces y solo Guardianes de la noche, con todas sus rarezas, había dado en el clavo (lo cierto es que su carácter único y bastante estrafalario  es lo que hizo que funcionara). Este se queda a medio camino entre las tres: cuenta con una personalidad y se esfuerza en ofrecer  algo propio, o al menos, en hacer un poco suyos los elementos del género. Pedro tampoco se separa demasiado de los tópicos y el paquete es el de una película de fantasía y acción con un héroes muy sobrado. En el primera caso, el guión sabe  muy bien cual es su público, y que este va a reconocer los lugares comunes sin que sea necesario introducir diálogos explicando cada paso. La cultura popular es suficiente para reconocer una sociedad de magos, con sus reglas y hechizos, así como los recursos de los que dispone el protagonista. Por otro lado, la ambientación resulta un poco genérica, tomando del mismo modo hechos y referencias de otras ficciones sin que aparezca nada nuevo: la edad media del prólogo es la típica edad oscura (literalmente. Porque es de noche todo el rato), roban descaradamente un par de secuencias oníricas de Gladiador y los vestuarios de los brujos parecen los de una ilustración cualquiera de Vampiro: la mascarada.



El que la película recuerde un poco a una partida de rol no es solo por la ambientación, sino que nació de esta idea: Vin Diesel es muy aficionado a Dungeons&Dragons y tanto la historia como el protagonista se basan en su personaje de las partidas. Un detalle friki bastante entrañable pero que hace que este  tenga una caracterización demasiado simple: mola mucho, así, con todas las letras. Es inmortal, sabe artes marciales, está forrado y eso de la maldición de vivir eternamente tampoco le quita el sueño. Ni parece demasiado conflictuado en la correspondiente trama de traiciones y conspiraciones. Va por un mundo de brujas y magos con horchata por las venas y una actitud que en el fondo, recuerda un poco al Riddick que lo hizo famoso. Pero que en el fondo, es una versión guionizada y con medios del relato que un jugador cualquiera podría haber hecho sobre sus aventuras en una partida.

Para poder usar la Espada de fuego necesitas ser al menos un Vin Diesel de nivel 15 y sacar un crítico

Un protagonista sin tacha tampoco supone el fracaso del guion: Diesel tiene carisma y las habilidades necesarias para sacar adelante la película, que en el fondo, es una historia de fantasía de las de buenos contra malos, un poco de acción, y sobre todo, una manera de introducir a unos personajes de cara a una posible secuela. De una forma quizá demasiado evidente, con el grupo presentado, formado, y a punto de iniciar la siguiente aventuras, que puede tener lugar, o no, dependiendo del público. Por mi parte, si su cazador de brujas no se sube demasiado a la parra y se convierte en una nueva Milla Jovovich en Resident Evil, me apunto. 

jueves, 7 de septiembre de 2017

La niebla (2017) ¿Terror veraniego, drama familiar o alternativa para echarse la siesta?


Aunque recientemente el número de episodios por temporada en televisión se esté reduciendo, el verano sigue siendo la época para emitir series más breves, que puedan probar suerte en unos meses de menos competencia, o en el peor de los casos, por ocupar espacio. Es un buen momento para probar con alguna sin el problema de quedar vendida con dos decenas de capítulos. Y más cuando el material que han tomado como referencia es una de las mejores novelas cortas de Stephen King, a la que, la brevedad por la que se caracterizaba en la obra de un autor tirando a libros mastodónticos, el formato de serie más corta era muy adecuado.



La niebla contaba previamente con una adapción cinematográfica sorprendentemente buena (la de Frank Darabont en 2007. Nada que ver con la película de John Carpenter ni su remake de la misma década), donde se introducían importantes diferencias respecto del original que incluso le habían gustado al propio King. La niebla, como serie, se separa todavía más de este: los puntos básicos de la trama coinciden, como son la aparición de una niebla, relacionada con los experimentos que en una base militar cercana se están llevando a cabo, las criaturas que la habitan y sobre todo, el efecto que un encierro prolongado en un entorno hostil tiene sobre los personajes. El resto, es un enfoque muy distinto. Una de las fuentes de conflicto se trasforma del fanatismo religioso tradicional a un enfoque en principio más inofensivo, como es el ver a la naturaleza como una fuerza mística, pero que en las circunstancias adecuadas es igual de peligroso. Y la familia protagonista cuenta con el conflicto previo de vivir en una comunidad marcada por la estrechez de miras y las habladurías. A estos se les unen dos personajes nuevos, probablemente relacionados con el origen de una niebla a la que King solo dio referencias veladas: un soldado con amnesia que proviene de las instalaciones donde esta empezó, y una delincuente cuyo pasado es un misterio.





Con el añadido de tramas y personajes, es posible plantearse si la novela original daría realmente para una serie de diez episodios. Seguramente no, pero los aportes al guión, debidamente tratados podrían haber resultado en una producción que expandiera y modificara esta de una forma interesante y con posibilidades. El convertir a las criaturas de la niebla en una amenaza de corte más sobrenatural, donde lejos de ser monstruos tangibles, adoptan la forma de lo que desean o temen sus víctimas, y la trama que traen consigo los personajes nuevos, abría muchas posibilidades para una serie de terror y supervivencia, que aportaría algo más de novedad a un tipo de ficción que está demasiado ligada a los zombies (bueno, esto último es una apreciación objetiva, Como si yo fuera a quejarme de que hoy hay superávit de zombies...). Posibilidades que por desgracia, son sustituídas por una serie de tramas que, por la torpeza con la que se ejecutan y por lo poco relacionadas con el tono de la serie, hacen que esta entorpezca el ritmo general y que nunca quede muy claro con qué aspecto quiere quedarse el guión. Si el original combinaba de forma efectiva los miedos colectivos y el fanatismo, su versión televisiva hace una mezcla, muy mal llevada entre el argumento fantástico, que era el que seguramente esperaba su público, y una serie de dramas familiares que resultan fuera de lugar: desde el primer episodio se dedican a insistir en lo cerrado y politicamente incorrecto que es el pueblo de los protagonistas, en plantear una tragedia familiar que acompañará a la hija de estos, como es el haber sido violada y el encontrarse encerrada en el mismo lugar con su supuesto agresor...y por si no fuera poco, terminan cerrando estas con unos giros en los que aparecen padres y hermanos descubiertos en el último minuto dignas de un telefilme de los de antena tres por la tarde. En general, una forma de enrevesar y alargar capítulos bastante floja, y que poco tiene que ver con el resto de lo que aparece en pantalla. A veces dan ganas de gritarle a los personajes que se olviden un poco de las tragedias locales y que se centren en el bicherío que hay en el exterior, que ya resolverán los conflictos luego. O directamente, que se los coman y quedarnos con la trama que habían prometido.



Los protagonistas de esta parte del guión son los que más presencia tienen durante gran parte de los episodios, y a los que acaba siendo sencillo desear que desaparezcan rápido, o que sean reescritos de otro modo. En concreto, una adolescente cuya actitud acaba resultando más que improbable, y una madre interpretada por una Alyssa Sutherland que quedará muy mona en shorts y pantalones pitillo, pero cuya actuación consiste en poner cara de estreñida y encontrarse, como mucho, en un estado de disgusto permanente. El resto cumple ordenadamente su papel de víctimas y poco importa lo que hayan hecho durante el resto de la serie, porque a partir del sexto capítulo se empieza a sospechar que en ese centro comercial no va a quedar ni el apuntador.



Aunque sea evidente que disponen de menos medios que en otras series, una parte se compensa recurriendo a escenarios cerrados y sobre todo, a la niebla titular. Pero en una serie de terror (al menos, en principio) tarde o temprano tienen que aparecer algunos efectos especiales que lo justifiquen. Que aquí no son especialmente brillantes: mucha infografía, normalita para estos días, pero uno diseño de criaturas que, quizá pretendiendo justificarlo por el giro sobrenatural que se les ha dado, acaban pareciendo una especie de dementores de marca blanca y algún que otro diseño genérico que sale en contadas ocasiones.

Como serie basada en una novela, La niebla ha resultado desastrosa: tramas melodramáticas que poco tienen que ver con la principal, personajes sin carisma que las convierten en algo todavía más insufrible y una resolución que, por un lado termina el drama familiar de una forma más ridícula, pero lo finaliza para bien, y que por otro, le pone al espectador el cebo de un argumento más interesante que el que pudo haber estado viendo durante los últimos diez episodios. Y que, al menos este último, funciona: la secuencia final hace pensar que, ya que hemos llegado hasta ahí, no nos podemos quedar tirados sin saber qué pasa después.

jueves, 31 de agosto de 2017

La Torre Oscura (2017). No han olvidado el rostro de su padre



Stephen King ha sido uno que ha aparecido muy poco por aquí. Algo bastante raro cuando su saga La Torre Oscura fue una de mis series favoritas. Si bien es una que decidí cortar por lo sano porque su autor estaba tomando una dirección que no me gustaba nada. Una situación muy distinta a cuando la empecé: poco después de terminar todo lo escrito y por escribir de H. P. L, decidí volver a lo conocido, con una saga que, como se estilaba entonces, ponía el nombre de su autor en la portada más grande que el propio título. Todavía acostumbrada a una narrativa más lineal, y más abundante en escenarios tópicos, encontré la historia de un pistolero, tal cual, que se desplazaba por un mundo del que solo sabíamos que “se había movido”. Que perseguía al Hombre de negro por algo que había sucedido en el pasado, de lo que solo teníamos breves retazos, y que había más mundos que el suyo. Uno de ellos, donde encontraría a los compañeros que lo acompañarían en busca de una Torre que servía de hilo conductor a la historia más ambiciosa que había ideado King. Al menos, en sus comienzos. El primer libro descubría un mundo extraño y fascinante. El segundo, presentaba a los siguientes personajes. El tercero, los puso en marcha y me hizo pensar que, si no podía saber qué sucedía después, me daría algo (era una lectora muy apasionada). El cuarto tardó una década en llegar y me hizo pensar que La Torre Oscura, tal y como yo la conocía, había terminado. Y que el que la escribía ahora era el King que no me gustaba. El que se explayaba hasta la extenuación, el del desbarre y el de un estilo quizá demasiado pagado de sí mismo. Y ahí se quedó la cosa, dándole tiempo desde entonces a terminar la saga (y a que me sirviera lo mismo conocer el final mediante resúmenes y spoilers), a que se publicara la precuela en formato cómic, y finalmente, lo que había parecido imposible: que La torre oscura se adaptara al cine.



Esta versión cinematográfica no venía libre de críticas: comenzaba como parte de un proyecto en el que la historia se iría cubriendo mediante películas y series. Pero los cambios en el equipo creativo, la manera de enfocar el guión, y sobre todo, que un material tan extenso se redujera a una producción de noventa y cinco minutos, hizo que llovieran las críticas y esta entrega lo tuviera muy difícil. Factores que en realidad, no eran tan malos, y desde luego King ha visto versiones de sus libros infinitamente peores. Para empezar, La Torre Oscura del cine no es una adaptación, sino una secuela de los libros. Y si esto parece una decisión extraña, también es la más adecuada para este formato: el material original terminaba de forma que esta continuación, o nuevo comienzo, sea de lo más viable. En ella vuelve a aparecer el Pistolero, los distintos mundos, El hombre de negro, quien pretende destruir la Torre Oscura, que ahora es claramente una barrera entre el universo y las criaturas que lo amenazan, y Jake, un niño que, al igual que unos pocos, posee ciertos dones que, empleados de la forma adecuada, pueden servir para destruir la Torre por completo. Algo que el Hombre de negro ha estado llevando a cabo buscando gente como él en los distintos mundos, a lo que quizá Roland, el pistolero, pueda ponerle fin. Salvo que este está demasiado cegado por la idea de venganza como para darse cuenta.


Si uno de los grandes temores era que un metraje tan breve no le haría justicia a la historia, este finalmente ha sido lo de menos. La historia transcurre en el tiempo necesario. Unos noventa minutos que a veces parecen un tanto atropellados, y donde en una producción donde los efectos especiales son algo, más que prioritario, necesario, puede dar una sensación un tanto apresurada, de estar saltando de una cosa para acabar en otra sin terminar de procesar la anterior. En algunos momentos, los cambios de escenario son tan bruscos que parecen haber recortado metraje con un hacha, sin preocuparse por aportar una transición adecuada. Por otro lado, le da mucho dinamismo, no hay ni un momento de aburrimiento, pero sí de reflexión, y, sobre todo, esta falta de minutos adicionales hace que la historia adolezca de momentos donde se aportan explicaciones o información al espectador. Lo que supone que esta produzca una impresión similar a la que se tiene cuando se lee el primer libro: el público comprende el mundo del pistolero mediante imágenes, intuye lo que puede y tampoco le dan tiempo para que pare a preguntarse quienes son tal o cual criatura o de donde vienen. Si durante mucho tiempo nos sirvió una explicación tan simple como “el mundo se ha movido”, ahora también.



Al tono adoptado para el guion se le adecúa muy bien la atmósfera de la película: llena de tonos grises, el contraste entre escenarios se presenta mediante las escenas entre un mundo muy basto, lleno de desiertos y ruinas, y un Nueva York un tanto desvencijado, pero abarrotado de gente de modo que incluso su protagonista manifiesta, con incomodidad, lo opuesto de ambas situaciones. Es precisamente este aspecto desgastado, o directamente, ruinoso, el que contrasta con los elementos más nuevos o más cuidados, que en realidad son reliquias y que sirven de escenario para el antagonista. Entre ambos, choca un poco el incluir un atrezzo que quizá sea el más discutible, donde en una historia más centrada en la fantasía oscura acaban apareciendo, para justificar los cambios de escenario, unos cuantos cacharros propios de la ciencia ficción apocalíptica, y que, en cierto modo, son los que más desentonan con el resto.

El reparto, y especialmente sus interpretaciones, ha sido uno de los pocos aspectos en los que no han sido tan críticos: Idris Elba es El pistolero, sin más, que consigue muy bien una mezcla de indiferencia total y de evolución hacia un personaje más humano y con mayor empatía. Y si a Matthew MacConaughey se le apareció la virgen con True Detective, aquí aprovecha su estela para ofrecer un antagonista más que sobresaliente. De hecho, el aspecto palillesco de Rust Cohle todavía está bastante presente en su caracterización.



En general, la idea de comenzar la historia por su secuela funciona bastante bien con un metraje limitado: el mundo de la torre oscura es demasiado amplio para pretender abarcarlo tal y como aparece, y esta es una forma igualmente válida de acercarse a él. Presentada, también, de forma muy segura: en el fondo, esta versión cinematográfica es una historia independiente, que queda perfectamente cerrada y que puede continuar o no. Pero en la que no faltan muchas referencias que, sin ser algo determinante para comprenderla, los lectores las reconocerán al momento: el objeto que Roland lleva consigo a todas partes, la aparición de la estación Terminus en uno de los pueblos, los servidores del hombre de negro (con un breve papel de Jackie Earle Haley. Que para este tipo de personajes es fantástico pero el pobre hombre se está poniendo cada día más feito), las esferas que este usa en algún momento, y sobre todo, las palabras que se repiten en varios momentos y que sirvieron de comienzo en el primer tomo escrito por King: El Hombre de Negro huía a través del desierto y el Pistolero iba tras él. Guiños reconocibles, o no, que sirven para dar a intuir una visión más amplia de una narración que, en realidad no ha sido tan mala como aseguraban, más bien al contrario. Y que con un poco de suerte, podría continuar en un futuro. Por una vez, espero que esta Torre Oscura cuente con la confianza necesaria como para poder ver algo más.

jueves, 24 de agosto de 2017

The Void (2016). Como hacer una película de horror cósmico al estilo de los ochenta



No sé si la tendencia continúa o si la ha ido sustituyendo la siguiente década, pero el revival de los ochenta pegó muy fuerte. Empezó como una serie de guiños que podían verse en Hora de Aventuras, Historias corrientes u otros dibujos destinados a un público algo más amplio. Se extendió al nivel de los remakes y las secuelas, y el último verano llegó a tener su propia serie. Pero si había algo que se notaba en todas estas apariciones, y en todos y cada uno de los episodios de Stranger Things, era que esto se limitaba a la nostalgia. A hacer aparecer cosas que le eran familiares al público, a tirar de lo referencial aunque esto estuviera muy bien recreado. Pero es difícil innovar cuando lo que se busca es ofrecer esa impresión de familiaridad y de hacer recordar algo ya visto. De nuevo, acaba siendo una producción pequeña la que consigue hacer pensar "Así es como se hacían las películas hace treinta y pico años", sin que parezca una fotocopia. Aunque esto también implique usar todo lo bueno y lo malo de aquella forma de hacer cine.



The Void cuenta con gran parte de los elementos reconocibles de la serie B de entonces: un escenario limitado, un grupo de personajes dispares encerrados, y una trama sobrenatural que se manifiesta a menudo de una forma un tanto física y chusca. La trama, en este caso, consiste en un policía que tras conducir a un joven accidentado al hospital más cercano (un centro con la mala fortuna de estar a punto de ser trasladado y contar con cuatro gatos entre personal y pacientes), ve como este es rodeado por un grupo de figuras encapuchadas que, pese a atacar a todos los que intentan salir, no parecen querer entrar y acabar con ellos. Sus intenciones quedan claras en poco tiempo: mantener a sus ocupantes dentro mientras las criaturas que habitan en su interior, ocultas hasta entonces, deambulan por los pasillos.

Lo primero que llama la atención a los pocos minutos de metraje es la vocación artesanal de la película. Esta tiene una estética muy intemporal, sin que haya nada que pueda indicar la fecha en la que tiene lugar y donde tanto los vestuarios como la tecnología se usan de forma lo bastante ambigua para que pudiera ser cualquier momento: uniformes, radios de policía, monitores de pc un poco obsoletos, pero que todavía pueden verse en funcionamiento, e incluso polaroids ayudan mucho a la hora de crear un entorno que el público reconoce, pero que podría ser cualquier momento en los últimos veinte años. Los efectos especiales también son lo más reconocible en este aspecto: salvo un par de ocasiones muy específicas, y hasta necesarias, donde se echa mano de la infografía, recurren a todos los trucos tradicionales posibles, tales como movimientos de cámara concretos, juegos con la iluminación y el oportuno fallo de esta cuando es necesario mostrar alguna criatura demasiado cara. Y sobre todo, látex y marionetas. Tantas como no se había visto en mucho tiempo: desde el primer momento, donde se las arreglan muy bien para que unos tipos tapados con unas sábanas y un triángulo pintado parezcan inquietantes (¿Cómo harán estos sectarios para ver algo de noche?) hasta el que aparecen maquillajes, cables, y monstruos manejados a la antigua usanza y con un diseño muy grotesco que recuerda a los excesos de muchas películas de terror. Aunque con reservas: se nota que los medios son limitados y prefirieron darle un aspecto más profesional en vez de gastarlo todo en efectos especiales, por lo que aunque estos funcionan, los que aparecen quedan muy lejos de lo que pudo verse en La cosa de John Carpenter.



El diseño de estos también es muy deudor de las series B. Muy grotescos, buscando parecerse a los excesos que se ofrecían entonces sin complejos y donde, igual que estas, no falta el gore en varias ocasiones: degüellos hay unos cuantos, y tentáculos saliendo de las tripas de algún incauto, también. Estos, y la atmósfera de la películas, son las que dan una impresión de familiaridad: recuerdan a otras producciones de terror, pero a las menos conocidas y explotadas. Al toque filosófico de Hellraiser, a lo confuso de The Keep y sobre todo, a las dos o tres producciones que se hicieron basadas en H. P. Lovecraft donde, lejos de evocar horrores sutiles, las babas, sangre y monstruos salían a raudales. De hecho, el desarrollo del argumento es lo más parecido a las ideas de los Mitos de Cthulhu sin que se los mencione ni una sola vez, aunque estos se reconozcan fácilmente en todas las referencias a lo sobrenatural y el diseño de algunos monstruos.



Todos los elementos que hacían memorable este género están presentes, pero también lo están los negativos. El comienzo es un tanto torpe y forzado, parece que todos están esperando en cualquier momento que vaya a pasar algo. Y el escenario se maneja de una forma bastante tópica: un hospital a punto de cerrar es resultón, pero no parece tener mucho sentido que un lugar que ha sufrido un incendio siga operativo con tan pocos medios, y sobre todo, que este estuviera desde un principio plantado en el medio de la nada. Y, si la segunda parte aprovecha al máximo el aspecto visual de la historia, el desarrollo de esta cae en el estereotipo a causa de un antagonista que, como todo villano de su clase, dedica a un buen rato a soltar parrafadas filosóficas. Algo que contrasta mucho con el tratamiento de los personajes, que dentro de los arquetipos comunes, aporten una forma de presentarlos un poco más distinta a lo habitual: mientras el antagonista caía en lo tópico, el trasfondo de los personajes principales no se detalla mediante diálogo, sino por medio de flashbacks que tienen lugar hacia el final. No solo a estos se los caracteriza por sus acciones y lo que sucede desde su aparición, en lugar de por lo que cuentan, sino que también hay algún giro donde los secundarios que tenían todas las papeletas para morir, resultan mejor parados. Aunque este punto a favor se debe más al guión que a lo que aportan los actores, casi todos desconocidos y que en el mejor de los casos, cumplen: se asustan cuando hace falta, gritan cuando es necesario, y no chirrían demasiado en la interpretación (aunque el protagonista se parecía un poco a Julián López de la Hora chanante y no terminaba de creérmelo como policía), pero cuando hay que mostrar algo más complejo no quedan demasiado creíbles.

The Void no es una película que cuente con muchos medios ni promoción a sus espaldas, pero es una producción efectiva: podrá recordar a la estética de otras películas y utilizará efectos tradicionales pero sin que estos busquen tirar de la nostalgia del público. Y sobre todo, da exactamente lo que prometía en el tráiler que empezó a circular hace algunos meses.

jueves, 17 de agosto de 2017

The Blackcoat´s Daughter (2015). Vacaciones infernales


De algunas ficciones podría decirse que con su título se venden solas. Es algo que jugaba a favor de La semilla del diablo, que hacía preguntarse contra quien conjuraban los necios, o en el caso de comenzar a leer Scaramouche, interesarse por alguien que nació con el don de la risa.

The Blackcoat´s Daughter es uno de esos casos. Aunque su título alternativo era February, el anterior resultaba mucho más sugerente. Este, en realidad, no tiene mucho que ver con la historia que cuenta: si bien aparece un clérigo (el significado peyorativo de Blackcoat), no tiene ninguna hija. En cambio, febrero, o el comienzo de la semana de vacaciones escolares, es el momento donde esta empieza: con dos alumnas que por distintos motivos, deben quedarse solas en un internado hasta que sean recogidas por sus respectivas familias. Una de ellas cree, o intuye, que sus padres han muerto en un accidente durante el camino, y su comportamiento va volviéndose cada vez más extraño. Mientras, una chica que parece haber escapado de un centro psiquiátrico intenta llegar a la escuela donde estas se encuentran.


Planteada como una película de suspense sobrenatural, esta queda muy lejos de cualquier intención de ofrecer una sensación de miedo más directa, y todavía más de cualquier atisbo de sustos: esta se centra en los escenarios, y sobre todo, de las atmósferas recreadas mediante escenas que transcurren en silencio, y que enrarecen de forma muy efectiva un entorno que de otro modo, sería de lo menos amenazador. En este caso, el contar con un punto de partida como el de dos estudiantes quedándose solas en su internado resulta muy útil, al reflejar un poco el miedo que todo escolar pudo tener en algún momento de su vida. Son estos silencios, y que en realidad, el guión tiene muy poco diálogo, los que también sirven para desarrollar el trasfondo de los personajes de una manera muy peculiar. Sin explicaciones, poco más que alguna conversación ocasional, y sobre todo, con muchos lugares reconocibles y la expresión corporal de los actores, es posible intuir que una de las protagonistas teme estar embarazada, o que algo extraño sucede con el personaje principal. Aunque para esto último tenga que echar mano de los elementos que el público reconocerá enseguida como aquellos que sentaron cátedra en El exorcista.



Si esta forma de rodar consigue funcionar es gracias al reparto, que no son caras demasiado conocidas pero que, teniendo en cuenta su edad y las características de sus papeles, cumplen de sobra, especialmente Kiernan Shipka, la más joven del reparto. También ayuda que sus personajes hayan sido escritos para una historia más adulta, lejos de los clichés que suele ofrecer el cine de terror sobre los adolesentes y su comportamiento.



El depender exclusivamente de lo que el espectador saque en conclusión, y en la atmósfera del guión, es también, en cierto modo, uno de los lastres de la película: en este caso la “atmósfera” no implica nada macabro ni sobrenatural, sino un lugar normal y corriente donde parece que va a pasar algo raro. Esto implica que no va a haber escenarios deliberadamente macabros, pero tampoco nada especialmente creativo: unicamente los planos de lugares concretos, filmados con la habilidad de la que dispone el equipo de grabación. Y si bien se trata de una película donde no se puede esperar una narración dinámica, a veces esa parsimonia hace que los 90 minutos que dura se hagan un poco eternos, como si esta hubiera sido montada de forma que se justificara su calificación de largometraje. De hecho, algunas situaciones, como la trama del embarazo, no parecen tener demasiado lugar en un guión que pretende contarse por si solo, o donde lo que quieren es que sea interpretado por el público. Pero también supone un rasgo distintivo muy positivo: frente a la dificultad que supone en determinados momentos el entrar en una historia tan pausada, el tratamiento de las dos tramas que plantea se resuelve de una forma muy interesante, convirtiéndose no en un giro sorpresa que sustente el guión, sino en un rasgo distintivo que lo convierte en algo diferente.



The Blackcoat´s Daughter es en cierto modo, una revisión de determinadas situaciones que se pudieron ver en el personaje principal de El exorcista, aunque tratados aquí de una forma que queda muy lejos de la espectacularidad de la película de Friedkin: su protagonista aquí se transforma de una forma mucho más sutil y menos ruidosa, pero también, mucho más desesperanzadora. Pese a que su director, Osgood Perkins, había empezado en el mundo del cine como actor, ha sido en los dos últimos cuando ha demostrado un interés por la dirección en el cine de terror. Especialmente, en esos guiones que se alejan mucho de los estereotipos habituales.


jueves, 10 de agosto de 2017

La momia (2017). El origen de una franquicia. Tercer intento


La Universal lleva un tiempo queriendo sacar una serie de películas basadas en los monstruos que la hicieron famosa durante la década de los treinta. Y con "tiempo", sería bastante más de diez años: Van Helsing no pasó de ser una reunión de bichos infográficos con muchos saltos y momentos ridículos (Los huevos de Drácula. Nunca me cansaré de ese chiste involuntario). Drácula Untold fue una película de aventuras y fantasía oscura muy curiosa, que fue descartada como origen de la saga. En cambio, en su momento La momia llegó a funcionar bien como franquicia, aunque sus efectos especiales, y su guión a veces, no envejecieron demasiado bien. Y también fue esta última la elegida para intentar, por enésima vez, lanzar a los monstruos como parte de una saga con el título común de Dark Universe. Salvo que esta vez la aproximación era un tanto diferente: esta volvía a estar más cerca del terror que de la comedia de aventuras para todos los públicos, y por una vez, el sumo sacerdote Imhotep no buscaba a la rencarnación de su amada..vamos, directamente ni salía.



La momia de esta versión es efectivamente, una momia. Así, en género femenino singular, porque se trata de Ahmanet, una princesa egipcia no contenta con querer ser faraona en lugar del faraón, que tras asesinarlo vende su alma a Seth a cambio de poderes sobrenaturales y de conseguirle una encarnación humana. Detenida antes de completar el sacrificio, es momificada en vida y enterrada en un lugar muy lejano...el que hoy es conocido como Irak, donde es descubierta, en pleno conflicto armado, por Chris, un soldado americano. Con el sarcófago camino de occidente, este comienza a experimentar visiones donde Ahmanet le revela sus planes: el se convertirá en la encarnación de Seth, si una organización consagrada a detener el mal en cualquiera de sus formas, no lo impide. Lo que principalmente consiste en diseccionar a la momia y asesinar a su interés no romántico ante de que complete el ritual. Un poco bestia, pero ¿qué se podría esperar de una sociedad dirigida por Henry Jekyll?

 

Una de las ventajas de esta Momia ha sido alejarse de sus predecesoras en argumento y tono: todavía tengo una espinita clavada por la película de terror que pudo ser y no fue, y esta, aunque tenga muchas dosis de acción ofrece una visión más cercana a este género: los escenarios en su gran parte se trasladan a Londres, pero a uno muy similar  al que podría verse en la Momia de la Hammer. Además de unos planos rodados en pantanos, callejones oscuros y túneles, la paleta de colores elegida es muy curiosa, compuesta principalmente de  gris verdoso que lo cierto es que va muy bien para secuencias donde los cadáveres momificados campan a sus anchas. Mantiene también el equilibrio entre el aspecto más gótico y el moderno en cuanto a la trama donde se introduce a la sociedad que servirá de hilo común a la serie: las pantallas led conviven con los hierros y las tuberías, porque al menos aquí parecen saber que el villano no se de4tiene con una prisión de cristal blindado. Además de servir para aportar algún guiño  a la historia de la Universal: si se mira con cuidado, es posible encontrar en sus pasillos no solo restos de algún vampiros, sino también de la criatura de la Laguna Negra.



También queda lejos la historia inicial (quizá por lo limitado del presupuesto original, así como los gustos del público de la época): hoy, como mínimo tienes que intentar dominar el mundo para que te tomen en serio, salvo que esta vez los roles se invierten y el objetivo de la antagonista sea utilizar al protagonista para unos fines menos románticos. Esto supone que al menos habrá un mayor conflicto entre ambos, que el monstruo resulte más amenazador, o al menos, que lo intente: este se queda un poco en un "villano" sin más, y parece que no termina de conseguir el carisma adecuado para convertirse en uno memorable. Y aunque el guion cuenta con unas dosis de humor bastante inesperadas, pero muy bien traídas que se basan en lo improbable de las situaciones que afrontan sus personajes, Tom Cruise como protagonista tampoco resulta muy hábil a la hora de transmitirlo. Le falta gracia cuando hace falta y carece de dramatismo cuando es necesario. Russell Crowe, con un papel más breve, acaba aportando mucho más que el actor principal. E incluso uno de los secundarios, con unas apariciones muy deudoras del espectro que salía en Un hombre lobo americano en Londres, aporta más carisma a un papel que resultaría menor.



Uno de los problemas de La momia es querer tirar demasiado de una fórmula que funciona: la primera parte se esfuerza en aportar algo propio, la estética es llamativa e identificable, y la segunda, en cambio, cae en los tópicos del blockbuster. Planos de explosiones mientras los protagonistas corren y el paquete típico de las películas de acción (me pregunto cómo justificará  el ayuntamiento de Londres los desperfectos provocados por una no muerta milenaria), como si quisieran separarse lo justito de una presunta fórmula que le gustará al público. algo que este acepta con resignación: es un estreno de alto presupuesto, vendrá cortado por un patrón conocido. Lo tomas o lo dejas.

Aunque las críticas no la apoyaran demasiado, sin llegar a ponerla por los suelos, La momia no es un mal intento: tiene  una buena estética, han hecho un remake o reboot bien adaptado a los tiempos de un guión escrito en los años treinta y parece que han acertado a la hora de encontrar la película que abriera una franquicia de forma adecuada. Aunque para ello tuvieran que recurrir a giros un poco trillados.  

jueves, 3 de agosto de 2017

Lecturas de la semana. Raros, más raros y recomendados


 
Hace un par de meses empecé a escuchar Todo tranquilo en Dunwich, un podcast de literatura del que me acabé haciendo seguidora por tres motivos: primero, por tratar principalmente de género fantástico, terrorífico, o que sea cercano a estos. Segundo, porque tienen una devoción por Lovecraft parecida a la mía, además de hablar sobre sus lecturas con una pasión que resulta contagiosa y también bastante similar a ese momento en el que terminas un libro y dan ganas de salir a la calle al grito de “¡¡Thomas Ligotti es fabulosooooo!!”. Y finalmente, porque dos de las últimas novelas que he terminado las descubrí gracias a sus reseñas.



Harry Kressing. The Cook. Poco más disponible del que un autor que, además, muy poco se sabe. Salvo que se trata de un seudónimo y esta es practicamente su única novela. La historia de un desconocido, que llega a una pequeña ciudad, imaginaria, pero de la que por su descripción podría ser cualquier villa en Nueva Inglaterra, y que ofrece sus servicios como cocinero a los Hill, la principal familia de la zona y propietarios del mayor negocio local. Sin más recursos que su labia, un carisma extraño, y sus habilidades culinarias (bueno, además de bastante mala virgen en algunos casos. Y un cuchillo de cocina que debe estar hecho de acero hirkanio), va ganándose el respeto y el cariño de la familia, así como, a medida que avanza, una completa devoción y dependencia hacia su persona. La figura de Conrad es lo último que nadie esperaría de un cocinero: exageradamente alto, cadavérico, y con unos conocimientos sobre su oficio que le permiten controlar las dietas, y quizá el carácter de sus jefes de una manera que casi raya lo sobrenatural, siendo capaz de la forma más inesperada de alterar por completo el orden y la jerarquía de la casa en la que fue empleado.

El planteamiento de la historia es bastante extraño: no es suspense, porque en realidad el protagonista no tiene ningún motivo concreto para actuar como actúa. Ni la codicia o la venganza son mencionados, y ni siquiera se sabe nada de su pasado salvo sus referencias como cocinero y algunos conocidos que conserva de la ciudad. Tampoco sería género fantástico porque tecnicamente, no pasa nada sobrenatural...Más bien sería lo kafkiano, la comedia negra e incluso el cuento oscuro, el referente más cercano a la novela.

Precisamente lo indefinido de su situación, con el pueblo imaginario de Cobb y sin más referencias a otros lugares que “la gran ciudad”, además del carácter de Conrad, quien por su presentación, no es un héroe, ni un villano, sino un elemento discordante en la historia, le da un mayor carácter de fábula. En este caso, lo importante es la historia, su carácter extraño e incluso la evolución física del personaje principal, que va modificándose al mismo tiempo que el resto de secundarios. Pero no lo es el detallismo o los datos concretos. Porque para ser un libro sobre un cocinero y lo que hace en la cocina, de su protagonista solo se acaban conociendo tipos de platos: muffins, tostadas, faisán, comida que hace engordar y comida que hace adelgazar. Estas dos últimas, así, tal cual como salen en el libro. Bueno, y también comida especial para gatos, con lo que ya hizo que se ganar mis simpatías desde el primer momento.



Mariana Enriquez. Las cosas que perdimos en el fuego. El titulo del libro corresponde al último de los relatos de una colección de doce, donde la autora cuenta diversas historias de terror de una forma muy particular: sus relatos están muy lejos de los escenarios clásicos, los monstruos y lo abiertamente sobrenatural (salvo algunas excepciones a las que se les podría dar una explicación ambigua), y más cerca del terror cotidiano. El que puede estar a la vuelta de la esquina, en las noticias de un periódico, en un barrio marginal o en la propia mente de sus protagonistas.

Todos los relatos tienen un elemento en común: sus protagonistas son mujeres que de un modo u otro se ven afectadas por la culpa, el miedo o un evento traumático que bien sirve como punto de partida para desarrollar la historia, o bien constituye la narración en sí. Además de utilizar un lenguaje muy cercano, sin florituras, y con el que describe con total frialdad el lado más sórdido de los entornos que se han vuelto habituales en las ciudades, el pasado de Argentina, haciendo referencia con mucha sencillez, como una parte más de la historia de un país, a la dictadura, o aceptando con total serenidad una situación tan anómala como la que se describe en el último relato.

Aunque el nivel de la colección es muy alto, y las historias tan variadas como podían serlo las de Nocturnos de John Connolly, el orden de la presentación ha sido muy acertado: el libro comienza con El chico sucio, donde se describe sin concesiones uno de los barrios más peligrosos de la ciudad donde conviven los edificios más ajados con las antiguas casas señoriales, y donde se presentan, sin avisar, las caras más violentas de la ciudad e incluso la referencia a la Santa Muerte. El cierre, las cosas que perdimos en el fuego, describe una epidemia, por describirlo de alguna forma que comienza a extenderse entre las mujeres del país: las mujeres ardientes, quienes queman su cuerpo voluntariamente sin que acabe quedando claro que se trata de una forma de protesta extrema o el crear un nuevo canon de normalidad. Puede ser por su cercanía algunas veces al realismo sucio, o por tratar el terror de una forma muy poco tópica, pero el libro de Enrique acaba siendo más inquietante que cualquier relato de fantasmas en una rectoría.

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