Series de tv, libros, cine...y una constante presencia gatuna

jueves, 19 de abril de 2018

T. E. Grau y la oscuridad innombrable. Homenajeando a los clásicos recientes


Lo de no juzgar un libro por la portada, si se toma en sentido literal, es una de las frases más ciertas que puede haber. Algunos realmente buenos han tenido que sobrellevar unas cubiertas atroces, y si me hubiera fiado de ellas, me habría quedado sin descubrir algunas novelas excelentes de la colección Super Terror de Martinez Roca o las aventuras de Harry Dickson (bueno, en ese caso, decidí empezarlas para descubrir que albergaban aquellos horrendos fotomontajes). En otros casos, no es así, y la ilustración que los presenta puede variar entre lo simple, lo elaborado, ser lo suficientemente llamativo o directamente, el adecuado para la historia que esconde en sus tapas.



La oscuridad innombrable, de T. E. Grau, fue uno de esos casos. Esta se limita a dibujar una figura cadavérica en un fondo oscuro, al igual que la edición estadounidense, algo muy adecuado y enigmático para un título de los que hace pensar “aquí tiene que haber algo lovecraftiano sí, o sí”. No es una sorpresa, porque H. P. L. es uno de los referentes directos de la recopilación de relatos de este autor, que abarca el terror en distintas facetas: los entornos urbanos, lo sobrenatural, el humor negro, muy presente, y sobre todo, el horror cósmico que en mayor o menor medida, está presente en cada uno de los cuentos. De hecho, estos han sido previamente publicados en otras antologías de carácter temático, y en casi en su totalidad estas están relacionadas con Los Mitos de Cthulhu.

Precisamente lo que caracteriza a la mayoría de sus cuentos es el tono de homenaje: H. P. L. parece haberse convertido en marca de la casa, pero también es fácil reconocer situaciones con las que Robert E. Howard se habría sentido cómodo, los giros de los cómics de la E. C. e incluso a autores de culto más recientes como Thomas Ligotti o Laird Barron. En ese sentido, Grau no inventa nada: la mayoría de sus cuentos acaban recordando a algo leído previamente, bien por estilo o bien por los elementos que usa. Algo que el autor no esconde y en el apéndice final incluye una lista de escritores, situaciones y elementos de la cultura popular que le sirvieron de referencia a la hora de escribir.



El parecerse a un montón de cosas que han aparecido hace tiempo no parece una buena carta de presentación. A veces da un poco la impresión de que todo está inventado y que no queda otra que limitarse a los homenajes o dar vueltas sobre temas que se han convertido en habituales dentro del fantástico. Pero en este caso, no pretende ser algo fuera de lo común ni venir como solían poner a menudo en las contraportadas de las novelas de los ochenta, a revolucionar el género. Grau cuenta historias, teniendo muy presente lo que lo ha influenciado a la hora de escribirlas, y lo que es más importante, las cuenta bien. Es un narrador con un estilo muy atractivo, que es capaz de crear una atmósfera inquietante, algo muy necesario para el tipo de relatos de su libro, y con una sorprendente habilidad a la hora de sugerir situaciones en las que el horror es algo real sin hacer una sola mención directa: en El gran chapuzón de Gordinflón se sirve de la mirada de un niño para describir una ciudad y a unos personajes miserables. Limpieza, el segundo relato, describe la forma de actuar (y por suerte, el destino que le espera) a un pederasta de manual, y, en un escenario completamente distinto, recrear un cuento de hadas gótico en Señor Lobo.

Si sobre La oscuridad innombrable empezaba hablando de portadas e ilustraciones es porque, al menos en la edición española, este supone un factor importante: uno de los formatos que menos me gustan en el mundo editorial es la rústica con solapas (¿qué eres? ¿Un libro con sobrecubiertas? ¿Una edición de bolsillo? ¡Decídete por uno y no te quedes con la encuadernación y el precio de ambos!), y fue el le tocó al libro de Grau. Pero que se ve compensado por una edición muy cuidada: el tamaño bolsillo sin ser bolsillo se ve compensado por las láminas de Odilon Redon que acompañan a cada relato, y por nada menos que una banda sonora, en forma de playlist de youtube incluida en la primera página. Desde luego, no se me habría ocurrido escuchar a Florence and the Machine leyendo una antología de relatos lovecraftianos.


jueves, 12 de abril de 2018

Ready Player One (2018). Buscando en el baúl (virtual) de los recuerdos



La nostalgia ha pasado de ser una referencia en la ficción a algo habitual. Si hace unos años tenía su gracia encontrar guiños a los ochenta en Historias Corrientes u Hora de aventuras, acabamos por encontrarnos un verano en que la serie más comentada fue una hecha completamente a la manera de esa década. En lugar de desaparecer y dar paso a añorar la década siguiente, esta acabó acumulándose a una especie de morriña por cualquier cosa que sucedió hace como mínimo 20 años (y no me extraña, porque ¿quien va a extrañar los primeros años del 2000? Fueron un tostón de aquí a Lima), convirtiéndose no en un añadido, sino en una forma más de contar historias. Aunque, igual que con los superhéroes, con la reactivación en el cine de Star Wars, y con cualquier tendencia, esta puede acabar agotando o volviéndose en un aluvión de referencias sin contenido. Y, dos temporadas de Stranger Things pudieron conseguir el éxito, pero una película cuyo mayor reclamo era hacer aparecer el mayor número de imágenes reconocibles de los últimos 40 años, lo iba a tener un poco más difícil. O por lo menos, tendría que trabajárselo más.



Tiene su gracia que la novela de Ready Player One fuera adaptada al cine por alguien tan vinculado al cine de entretenimiento de los ochenta como lo fue Spielberg. Porque esta es una parte importante de la historia: dentro de unos 30 años, el empobrecimiento de la sociedad y el poder de las empresas de comunicaciones son cada vez mayores. Aunque a la gran mayoría no le amarga mucho la vida al pasarse gran parte de esta en interne...digo...en Oasis, un universo virtual donde se puede hacer y ser cualquier cosa, y donde el protagonista, al igual que muchos otros usuarios se han enfrascado en el juego diseñado por su difunto creador, que ha prometido su porcentaje de la compañía a quien supere las pruebas. Con un botín millonario en juego, el responsable de la principal compañía de información no duda en poner a miles de empleados como jugadores a tiempo completo a fin de completar las pruebas antes que nadie y convertirse en la corporación más poderosa del planeta. Ah, y de paso, freir la interfaz de los usuarios a base de anuncios. Porque salvo cotizar en bolsa y ser los antagonistas, tampoco queda muy claro su objeto social.



Como era de esperar, el peso de la película lo lleva el aspecto visual, siendo este en un 99% la recreación infográfica: los actores la mayor parte del tiempo se limitan a prestar su voz a sus avatares hechos por ordenador, donde transcurre la mayor parte de la trama y donde juegan bastante con lo que pueden ser o no en el mundo real. De hecho, uno de los aspectos más interesantes es que no llegue a conocerse la identidad de uno de los secundarios. El resto, muy vistoso, no es ya nada que vaya a sorprender al público porque se sabe que no es imposible recrear las discotecas aéreas, los planetas los icebergs o incluso las batallas entre robots y dinosaurios que se pueden ver en pantalla. Quizá llame más la atención el diseño de los personajes principales, donde sí sorprende bastante la textura que llegan a alcanzar estos, olvidándose en muchas ocasiones que quien está apareciendo en la pantalla está hecha por ordenador, sin que su aspecto produzca esa incomodidad que podía sentirse hace algunos años cuando intentaban hacerse diseños muy realistas: Parzival o Artemisa resultan más expresivos que lo que pudieron ser los protagonistas de la película de Final Fantasy. Bien porque no pretenden ser reproducciones reales, y todavía conservan cierto punto irreal, o bien porque el público se ha acostumbrado ya a la infografía.



Es precisamente la parte virtual de la trama la que mejor funciona. Esta, en el fondo, es una historia de aventuras muy deudora de la época a la que homenajea, en la que los protagonistas superan una serie de retos, consiguen detener a unos villanos, y aprenden una lección sobre lo que han vivido. Unos giros que se han rodado mil veces pero que en el fondo, seguirán funcionando siempre que estos se utilicen bien, y sobre todo, mantengan la trama activa pasando de una situación a otra, un poco como el videojuego que los protagonistas intentan superar.

En este caso, las referencias no podrían haber tenido lugar de no haber contado con los derechos necesarios para hacer aparecer a practicamente todos los personajes y situaciones de la cultura popular del último siglo, desde DC, a Star Trek, pasando por King Kong, u otros, que directamente son una parte necesaria de esta como la presencia del Gigante de hierro o el resplandor de Kubrick. Estas caban convirtiéndose también en un exceso, algo de esperar cuando la película descansa sobre ellas, y cuando el guión, para asegurarse que nadie se pierda, se dedica a explicar cosas al dedillo de la forma más inoportuna: una gran parte de los guiños se limitan a estar ahí, reconocibles o no. Pero resulta bastante chocante que los protagonistas se pongan a explicar quien escribió El resplandor, de que serie era tal o cual nave, o el nombre completo de un diseñador de videojuegos, como si en todo momento quisieran darlo masticado y asegurarse que nadie se pierda por el camino.

 
Al final en el futuro no nos vestimos de papel albal, pero chatarra tenemos para un rato

En cambio, la parte real de la historia es la más floja. Al igual que los protagonistas, al centrarse tanto en el mundo virtual, se olvidan del real, quedando este dibujado de una forma muy simplona y donde las cosas se resuelven de una forma bastante peregrina: aunque ahorren tiempo a la hora de describir el mundo real gracias a la falta de interés que muestran sus habitantes por este, las partes más importantes de la trama que deben resolverse en él rozan el absurdo: No hay demasiada diferencia entre las habilidades físicas de los protagonistas en el mundo virtual y en el real, siendo todos poco menos que artistas marciales expertos. La corporación malvada no duda en usar métodos ilegales para conseguir sus fines, pero allí todo quisque entra y sale del despacho del jefe y de las instalaciones como pedro por su casa. Tampoco queda muy claro a qué se dedican pero obligan a sus deudores a trabajar para ellos como esclavos...Vamos, es como si no pagas una factura a Movistar y te ponen de teleoperador hasta que cubras el importe. Tampoco es que este mundo sea una recreación distópica que cuide el realismo hasta el mínimo detalle, pero también resulta poco probable que un astuto ejecutivo decida saldar cuentas con un adolescente persiguiéndolo por ahí con un revólver. Se echa mucho en falta el haber pulido aspectos que en el fondo son muy básicos, pero que parecen haber quedado olvidados al querer centrarse en lo más vistoso.



Ready Player One no pretendía ser una producción donde la trama fuera lo más importante, ni siquiera una de ciencia ficción seria o compleja. Está más cercana al cine de aventuras, sin demasiadas complicaciones, y sobre todo, al espectáculo y a enfocar el tema de la nostalgia con un poco más de profundidad del que parecía al principio. Una forma de verlo que a menudo funciona y esta no parece tan vacía como se temía en los trailers.




jueves, 5 de abril de 2018

Pacific Rim: Insurrección (2018)¡Puñoooos fuee..! Bueno, no.


De la primera Pacific Rim me pilló por sorpresa que pudiera tenerme prestando atención de principio a fin una película de las de “robots gigantes”. No iba a ser imposible porque el que estaba detrás de la idea era Guillermo del Toro, quien se las arregla bastante bien con esto de acercarse a las temáticas que le gustaban de niños y que su público le siga la historia. Ahora, lo de la secuela parecía un poco más complicado al no contar con él como director. Quedaba esa duda sobre si la secuela sería al menos entretenida, una sucesión de robots sin más, o directamente, un sacacuartos con infografía. Pero cuando entra en juego el día del espectador, me vuelvo mucho más arriesgada a la hora de decidir qué voy a ver al cine y qué no.

 


Si el guión de Del Toro había sido planteado como una historia independiente, en la que la brecha entre la tierra y el mundo de los kaijus había sido cerrada y ganada la lucha entre ambas especies, su secuela aprovecha el truco de ser siempre posible continuar una historia. Como sea. En este caso, han pasado diez años desde el último combate. La economía mundial vive una época próspera gracias a las tareas de reconstrucción (me imagino que en España los contratistas se estarían poniendo las botas. Y los ayuntamientos, haciendo rotondas como si no existiera un mañana), salvo en las zonas más afectadas por la fuerza destructiva de los kaijus: en la costa del Pacífico sobreviven cientos de traficantes y contrabandistas de antiguas piezas de jaegers entre los que se cuentan algunos tan dispares como Jake Pentecost, hijo del piloto que sacrificó su vida para poder salvar la tierra, y Amara, una niña capaz de construir y pilotar por sí sola un jaeger. La suerte de estos cambia cuando son reclutados como piloto y cadete en uno de los momentos más difíciles para el destino de los jaeger: estos serán sustituidos por un sistema de drones, haciendo que su manejo directo sea innecesario y más seguro para los pilotos. Hasta que nuevos kaijus aparecen haciendo temer que, o bien la brecha se ha abierto de nuevo, o estos han sido creados por manos humanas.
 
 



El guión, en términos generales, no ha ido del todo mal. Si en la primera parte tenían la habilidad de expandir un poco el mundo de los kaijus más allá de los robots gigantes, mostrando de pasada cómo la gente se adaptaba a la situación, aquí comienzan dedicándole su tiempo a este mismo aspecto. Si bien de una forma muy ligera, y con bastante sentido del humor, las zonas más afectadas por lo sucedido son similares a un área de posguerra donde los límites de la legalidad no están muy claros. Se nota que pese a quererse tomar el género tan en serio como se hizo previamente, el enfoque está mucho más pensado hacia el entretenimiento y todos los públicos: puede haber por ahí un robot de metros tirando edificios abajo, pero aquí no va a morir nadie y ante la duda, los personajes no dudan en anunciar que todos los ciudadanos han sido puestos a salvo. En este caso, no han querido complicarse con ninguna trama sobre daños colaterales y las batallas de monstruos son tan limpias como las que podían verse en las series de los ochenta.



De hecho, esta entrega es la que es mucho más similar en cuanto a modismos y guiños a su origen japonés: los nombres son una mezcla muy diversa de raices asiáticas y alemanas, buscando más la sonoridad que otra cosa, se gritan los nombres de las armas antes de atacar (aunque en este caso, parece quedarle al público más claro el motivo que el que podía ser en un Mazinger Z), e incluso, en un momento dado, la figura de un robot corriendo con una espada recuerda directamente a una secuencia de Neon Genesis Evangelion. De los secundarios, en este caso cadetes, se menciona la conveniencia de su edad para poder adaptarse a sus máquinas (justificación que se empleaba a menudo en varios animes), aunque la presencia de estos se queda un poco en la de unos secundarios correctamente construidos pero que no tienen más objetivo que el de pilotar un robot para las secuencias finales. Teniendo en cuenta la temática principal de la pelicula, tampoco tendría demasiado sentido protestar por eso.



Comparados con estos, cuentan con un peso mayor dos secundarios de la primera entrega, cuya presencia tenía cierto punto cómico y que ahora se ve ampliada hasta el punto de ser el desencadenante de la secuela, aunque también su carácter en este caso ha sido exagerado desde la última vez, volviéndolos mucho más estrafalarios: Aunque Gotlieb y Geizler funcionan y acaban siendo un poco los cerebros que consiguen salvar el día, la forma de convertir a uno de ellos en antagonista resulta bastante arbitraria, además de hacer muy evidente algo que se sospechaba desde los primeros minutos de metraje: la secuela no hacía falta. La historia estaba cerrada, y hubo que retorcer mucho lo que quedaba de la anterior para poder justificar una nueva aparición de kaijus y lo que es peor, directamente asegurarse una puerta abierta a posibles entregas posteriores.


Pacific Rim: Insurrección era innecesaria. Pero esto no está reñido con ser una secuela más que correcta, que sigue perfectamente la estela de su predecesora y adapta con mucha maña el género de robots y kaijus para un público, que, si bien nos acercamos a la primera por el nombre de Guillermo del Toro, no habríamos seguido de la misma forma una saga de robots.


jueves, 29 de marzo de 2018

La muerte de Stalin (2018). Entre totalitarismos anda el juego


De la vertiente más oscura de lo cómico se dice a menudo que el horror es hermano del humor. Y, en menor medida, que a veces nos reímos por no llorar. Lo primero es la mejor forma que podía haber para definir una historia que decide tratar uno de los episodios de la historia que en principio, parecería estar más cómodo en un drama de espionaje o en una biografía de esas que van camino de los Oscars, como fue la lucha sucesoria tras la muerte de Stalin.


 

Es una noche cualquiera en Moscú, y los operarios de radio se desviven, temiendo por sus vidas por grabar de nuevo un concierto del que el camarada Stalin solicitó una copia, aunque este fuera en directo. Mientras, los principales jefes del Partido se reúnen en torno a una mesa entre bastantes litros de alcohol, anécdotas cuarteleras, chistes malos, y la duda de si alguno de ellos estará al día siguiente en la lista de la NKVD, camino de una prisión o con una bala en la cabeza. Pero lo que les aguarda en realidad, además de resaca, es la noticia de la muerte de Stalin, con la que se abre una sucesión bastante discutible: Malinkov, destinado a ocupar el puesto de este, oscila perdido entre las órdenes del resto. Lavrenti Beria mueve los hilos necesarios en la NKVD para asegurarse el puesto de cabeza del Partido y Khruschev hace lo mismo en el tiempo que le queda libre planificando el funeral de estado. Mientras, Vassily Stalin se bebe hasta el agua de los floreros y su hermana asiste desconcertada a la lucha de poderes.
 
 




Parecía difícil abordar un argumento así a modo de comedia (negra. Muy negra), especialmente cuando optan por no eludir ni uno de los aspectos históricos más dramáticos. En el guión no falta la presencia de las detenciones masivas, convertidas en un procedimiento rutinario, los interrogatorios y abusos, y el fanatismo. Filmados, quizá, de una forma menos gráfica y pasando por ellos con la velocidad necesaria para que su tratamiento realmente funcione como humor negro y para ser mostrados tal y como son vistos por los protagonistas: como una parte más de su trabajo y algo tan tedioso como cualquier función burocrática. Un enfoque que también funciona gracias a la caracterización de sus personajes principales: estos, más que aparecer retratados de una forma más humana y menos biográfica, lo son de una manera esperpéntica. Ninguno de ellos parece tener una sola cualidad positiva, y solo la astucia política que demuestran los salva de ser completamente grotescos, pero no por ello menos divertidos: a Malinkov lo mangonea todo el mundo, Molotov a ratos no parece enterarse de mucho, y a otros, recuerda a Winston Smith en su devoción por Stalin, y Beria, cuando no está conspirando, se dedica regularmente al estupro a modo de hobby. A pesar de todo, o quizá por ser uno de los personajes a los que se sigue durante más tiempo, se acaban siguiendo con interés cada uno de sus movimientos esperando cual será el siguiente. Aunque la historia esté escrita y el guión en ese sentido no depara ninguna sorpresa.



Dado el tono de la comedia, el peso de esta recae sobre sus protagonista, y en concreto, sobre sus actores. No es uno de esos casos en los que el metraje está lleno de caras conocidas de primer orden, pero han optado por secundarios con mucho peso y facilmente reconocibles, algunos más que otros: y es que es un poco extraño ver a Jason Isaacs en el poster de la película cuando Michael Palin tiene mucho más tiempo en pantalla que los escasos diez minutos del anterior. Todos ellos hacen un trabajo sobresaliente, no dudando en sacar su lado más histriónico, como no podía ser para unos personajes desarrollados de esa manera, aunque, frente a estas interpretaciones, Buscemi es el que a veces resulta un poco fuera de lugar, o más bien, que parece un poco limitado, quedándose un poco en hacer de Steve Buscemi y no de su personaje. Con este reparo, británico y estadounidense en su mayoría, no pretenden que la escenografía sea un reflejo de la época histórica: muchos carteles que aparecen figuran en inglés, y lo cierto es que habría sido interesante el ver una versión subtitulada solo para saber cual es el origen de la traducción. Que en este caso, también han optado por un doblaje muy poco formal y más cómico, donde los protagonistas usan abiertamente expresiones como “friki”, “mangurrian” o “la leche”.


La muerte de Stalin consigue convertirse en una película histórica muy curiosa: enfocar como comedia negra un episodio que daría para cualquier género menos para uno tan ligero, y gracias al cual, es capaz de llevar al público a un desenlace que conoce: no es lo que cuentan sino cómo lo cuentan. Que en este caso, es con mucha sorna.


jueves, 22 de marzo de 2018

Channel Zero: Butcher´s Block (2018). Los caníbales de al lado


La última temporada de Channel Zero ha llegado con algunas diferencias: la tercera entrega se ha adelantado varios meses, frente a su emisión anterior durante octubre. Y pese a seguir basándose cada vez en distintos creepypastas, esta ha sido la versión más libre que ha podido verse hasta ahora.

 
No hay mucho en común con Search and Rescue, la pieza donde un empleado forestal narra sus experiencias en el área donde trabaja: desapariciones imposibles, rumores sobre criaturas extrañas, e incluso unas escaleras que conducen a ninguna parte son parte de su rutina diaria. Una fuente de la que Butcher´s Block únicamente ha tomado un par de cosas: la desaparición de niños, esta vez en un entorno urbano, y la presencia de esas mismas escaleras, surgidas de ninguna parte, situadas esta vez en un parque abandonado en la parte más deteriorada de una ciudad cualquiera. Es ahí donde llegan dos hermanas, Zoe y Alice, para comenzar una nueva vida. La primera, como asistente social en un barrio conocido como El bloque del Carnicero, una zona deprimida desde hace décadas tras el cierre de Cárnicas Peach, la industria local, y a la que la policía, ni hace demasiado caso, ni prefiere acercarse una vez anochece. La segunda, lucha como puede contra su adicciones y  al temor a una enfermedad mental hereditaria.  Ninguna parece preparada para soportar lo que esconde El Bloque del Carnicero: desapariciones ocultadas por la policía, la ausencia de la familia Peach, sobre los que pesa una leyenda negra y que parecen estar vivos, bien, moviéndose a sus anchas por una dimensión paralela y…un momento ¿Eso que se mueve por el parque es un enano de aspecto monstruoso? No me extraña que nadie quiera vivir en ese barrio.


Estos seis episodios han sido probablemente los que han contado con un componente más sangriento, pese a no parecer que les hayan subido el presupuesto. Para la serie, con las bases ya asentadas, esta falta de medios parece sentarle muy bien: la calidad de imagen poco saturada, el recurrir a exteriores con muy pocos figurantes y unos efectos especiales digitales, normalitos en el peor de los casos, y muy escasos en el mejor, van muy acorde con el estilo breve y el “puede ser o tal vez no” de los creepypastas. Aunque esta vez, comparado con las anteriores, han tirado la casa por la ventana en lo que a efectos se refiere: el argumento tira mucho más hacia el gore, pero también hacia el horror cósmico, por lo que no se escatiman disparos, degüellos, unos cuantos planos de tripas y sobre todo, mucho chroma (o, bueno, su alternativa infográfica) para recrear pasillos interminables y entradas a otras dimensiones. Ha sido la temporada con mayor componente visual de las tres, lo que, en una serie con tantas limitaciones, hace que su atmósfera resulte más extraña: al público tendrá que gustarle mucho esa mezcla de inventiva y efectos limitados, aunque de nuevo, con tres temporadas y una premisa tan concreta, los que se hayan quedado a verla habrán quedado satisfechos en este aspecto.


La  historia, creada casi desde cero, también es una mezcla de influencias y temas. O más bien, han metido en la batidora el horror físico de Clive Barker, las referencias a su relato Lo prohibido y a Candyman, a David Cronenberg y como todavía les quedaba sitio, el horror cósmico de H. P. Lovecraft e incluso un par de referencias a Alicia y A través del espejo. Esta última, quizá la más curiosa y a base de guiños: uno de los personajes se llama Alice, pasa hacia otro lado, y mantiene alguna conversación con un secundario que se comunica mediante adivinanzas. El batiburrillo parece un poco inesperado, aunque consigue mantener bien el equilibrio entre dos tramas muy distintas: el terror más realista, mediante el escenario compuesto por la parte más deprimida de una ciudad y la enfermedad mental que pesa sobre las protagonistas, y el sobrenatural, encarnado por  una familia de caníbales que, además de ofrecer una completa parodia del entorno idílico de los cincuenta, están muy bien dibujados para el poco tiempo que pueden tener cada uno en pantalla. Si ver a Rutger Hauer como patriarca de la familia es un lujo, también es divertidísimo la interpretación que ofrece uno de sus hijos mayores, encarnando a la versión más monstruosa de los antagonistas.
In Heaven, everything is fine…

La temporada acaba sufriendo los mismos defectos que las anteriores. Por un lado, los seis episodios se hacen demasiado largos para lo que quieren contar, y acaban perdiendo uno y medio con secuencias oníricas donde pretenden lucir no se sabe muy bien el qué, y donde, por lo limitado de los medios, acaba haciendo que este pase de lo interesante a lo cutre. Además de contar con unas protagonistas que, pese a estar correctamente caracterizadas, es difícil empatizar con ellas, acabando por llevarse las simpatías de la trama los secundarios.

Lo que empezó con una premisa muy pensada para poder sacar adelante una serie de terror sin demasiadas dificultades ha conseguido no solo sacar tres temporadas, sino que la última haya sido de lejos la mejor de todas. Aunque para esto tuvieran que separarse casi por completo de la historia original. Por lo menos, una cuarta temporada está asegurada.

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