Series de tv, libros, cine...y una constante presencia gatuna

jueves, 21 de septiembre de 2017

Roberto García Álvarez y El caminante de Providence. Spoiler: Howard muere al final


 
A H. P. Lovecraft muchos empezamos leyéndolo como escritor y lo terminamos como personaje. Bien como referente histórico en alguna aventura de época, bien como protagonista. En algunos casos como el propio escritor que se enfrenta a una situación inesperada. En otros, plantado nada menos que ante sus propias creaciones. Pocas veces se ha dado una unión parecida entre un autor y el mundo creado por este, quizá empezando esto desde el momento en el que se le ocurrió crear el Necronomicón e incluso dotarlo de un trasfondo histórico. Entre todas estas invenciones, pastiches y variaciones, nos quedaba pendiente la novela más peculiar que llegó a protagonizar: su propia vida.



De las biografías escritas sobre Lovecraft la más conocida en España era la de Sprague de Camp, que en los años siguientes quedaría bastante desprestigiada por la inexactitud de los datos y por convertir a H. P. L. en poco menos que una caricatura del escritor recluso e incapaz de funcionar por si mismo. Además de haber aparecido material suficiente como para poder dar una visión mucho más completa de este. Esta es la idea principal de Roberto García Álvarez, quien desde un principio expone su intención de separar al “personaje”, la imagen que sus primeros lectores nos hicimos y fue postertiormente popularizada, de la persona. Que en realidad es muy distinta: comenzando por unas referencias bastante amplias a sus antepasados cercanos, y terminando por lo que sucedió con su obra unas décadas después, cubre de una forma muy exhaustiva sus primeros años, o en su caso, las circunstancias que entonces afectaron a su familia, su etapa escolar, su carácter, un poco particular y a veces neurótico pero también muy lejos del ermitaño que se esperaría. Su fallido matriomonio con Sonia Greene, su trato, por carta o en persona, con distintos escritores que formarían parte de su círculo o se distanciarían del fantástico, e incluso, los recovecos legales y sucesorios que tuvieron lugar para que los lectores de décadas posteriores conocieran los Mitos de Cthulhu.


El trabajo realizado por García Álvares a nivel de lectura es más que satisfactorio: el libro es muy ameno, directo y no se pierde en teorizaciones, sino que expone los hechos tal cual. O, en algunos casos, expone las distintas versiones, sin optar por ninguna y sin más objetivo que el lector las conozca. E intenta, ante todo, mantener un tono objetivo, sin que se hagan evidentes sus opiniones personales. Algo lógico siendo una biografía, pero es muy difícil que en las páginas no quede solamente el estilo como parte de su autor. En este caso, sus menciones al libro de De Camp son muy críticas, y algo menos a la figura de Derleth, quien sorprendemente, tuvo bastante importancia como editor póstumo de Lovecraft pero no como uno de sus amigos más cercanos.



La visión que da tanto de Lovecraft como de sus allegados también es muy completa: no solo queda lejos del estereotipo popular sino que consigue el objetivo que se había propuesto: retratar a una persona, y no a un personaje. Con unas neuras que quizá lo convirtieran en alguien un poco extraño, pero no tan victima de las circunstancias como se lo retrató previamente. Algo que también puede aplicarse a su familia, donde si bien no se excusan los trastornos que marcarían a los Philips, también están muy lejos de ser unas figuras dominantes o negativas: en la vida, como en las mejores novelas, nada es blanco y negro.



El momento Sálvame que estábamos esperando: H. P. L. y Sonia Greene

Además de su valor biográfico, el libro es toda una fuente de información sobre ciertos aspectos poco conocidos en la vida diaria de la época de preguerra y los posteriores. El aislamiento, tanto en la figura de H. P. L. como en la de muchos lectores y escritores aficionados, no era tal, como se demuestra la extensa red de prensa aficionada con la que este trabajó durante gran parte de su vida. Un conjunto de personas, asociaciones y redes de contacto postal que poco tendrían que envidiar a internet en el próximo siglo (y que de paso, hacen pensar que Lovecraft se sentiría más que cómodo ante un teclado de ordenador. O viendo vídeos de gaticos).



Como biografía para interesados en H. P. Lovecraft, El caminante de Providence es posiblemente una de las mejores lecturas de las que se pueden disponer hoy, además de ser de las más recientes (aún sin haberla leído, empiezo a sospechar que la de Sprague de Camp entra más bien en el terreno de la novela). Y lo del spoiler del principio era broma: Howard no muere al final. Ni Robert E. Howar, ni Clark Ashton Smith. Permanecen, como muchos otros, con sus lectores.




jueves, 14 de septiembre de 2017

El último cazador de brujas (2016). Fantasía urbana, peleas y frikismo. Sobre todo, este último.

En este blog somos partidarios de las brujas por motivos obvios

Entre estreno y estreno grande, siempre es posible encontrar películas de género fantástico que cubran un poco el hueco que queda entre las anteriores. La saga de Resident Evil se las apañó bastante bien en estas condiciones, y de vez en cuando, alguna producción similar prueba suerte, aunque en el fondo, sean un poco la versión actualizada de las series B, con un presupuesto y medios que sus predecesoras de los ochenta no hubieran soñado. Pero, ¿Quién dijo que esto sea malo? Si alguna de las películas más divertidas y originales han visto la luz dentro de esta etiqueta.



El último cazador de brujas no viene a revolucionar el género, pero sí sería un poco este caso: medios más que suficientes y un argumento muy fantástico y muy pensado  para un público concreto. En este caso, el que va a seguir las aventuras de Kaulder, un cazador que en la edad Media consigue acabar con la reina de las brujas, quien ha desencadenado la peste negra sobre Europa. Esta, antes de morir, lo maldice condenándolo a vivir eternamente. Lo que Kaulder, lejos de parecerle una tragedia, le sirve para convertirse en una leyenda en el mundo de las brujas supervivientes y de los pocos humanos que conocen su existencia. Ochocientos años más tarde ambos mantienen una tregua que el último cazador se encarga de hacer cumplir, capturando a todos aquellos que incumplen las normas, interfieren en la vida de los humanos o suponen un peligro. Y que últimamente han empezado a multiplicarse: corren rumores de que la reina de las brujas planea su regreso, que este está relacionado con la vida eterna de Kaulder, y que pese a haber trabajado solo durante los últimos siglos, la ayuda prestada por una hechicera capaz de moverse entre los sueños y el secretario designado por la iglesia como su ayudante, puede ser la clave para evitarlo. 


La mayoría de intentos de pasar las características de la fantasía  urbana al cine no han terminado de cuajar. Yo, Frankenstein resultaba un poco desbarre, Cazadores de sombras  era poco más que un fanfic hecho con cosas vistas mil veces y solo Guardianes de la noche, con todas sus rarezas, había dado en el clavo (lo cierto es que su carácter único y bastante estrafalario  es lo que hizo que funcionara). Este se queda a medio camino entre las tres: cuenta con una personalidad y se esfuerza en ofrecer  algo propio, o al menos, en hacer un poco suyos los elementos del género. Pedro tampoco se separa demasiado de los tópicos y el paquete es el de una película de fantasía y acción con un héroes muy sobrado. En el primera caso, el guión sabe  muy bien cual es su público, y que este va a reconocer los lugares comunes sin que sea necesario introducir diálogos explicando cada paso. La cultura popular es suficiente para reconocer una sociedad de magos, con sus reglas y hechizos, así como los recursos de los que dispone el protagonista. Por otro lado, la ambientación resulta un poco genérica, tomando del mismo modo hechos y referencias de otras ficciones sin que aparezca nada nuevo: la edad media del prólogo es la típica edad oscura (literalmente. Porque es de noche todo el rato), roban descaradamente un par de secuencias oníricas de Gladiador y los vestuarios de los brujos parecen los de una ilustración cualquiera de Vampiro: la mascarada.



El que la película recuerde un poco a una partida de rol no es solo por la ambientación, sino que nació de esta idea: Vin Diesel es muy aficionado a Dungeons&Dragons y tanto la historia como el protagonista se basan en su personaje de las partidas. Un detalle friki bastante entrañable pero que hace que este  tenga una caracterización demasiado simple: mola mucho, así, con todas las letras. Es inmortal, sabe artes marciales, está forrado y eso de la maldición de vivir eternamente tampoco le quita el sueño. Ni parece demasiado conflictuado en la correspondiente trama de traiciones y conspiraciones. Va por un mundo de brujas y magos con horchata por las venas y una actitud que en el fondo, recuerda un poco al Riddick que lo hizo famoso. Pero que en el fondo, es una versión guionizada y con medios del relato que un jugador cualquiera podría haber hecho sobre sus aventuras en una partida.

Para poder usar la Espada de fuego necesitas ser al menos un Vin Diesel de nivel 15 y sacar un crítico

Un protagonista sin tacha tampoco supone el fracaso del guion: Diesel tiene carisma y las habilidades necesarias para sacar adelante la película, que en el fondo, es una historia de fantasía de las de buenos contra malos, un poco de acción, y sobre todo, una manera de introducir a unos personajes de cara a una posible secuela. De una forma quizá demasiado evidente, con el grupo presentado, formado, y a punto de iniciar la siguiente aventuras, que puede tener lugar, o no, dependiendo del público. Por mi parte, si su cazador de brujas no se sube demasiado a la parra y se convierte en una nueva Milla Jovovich en Resident Evil, me apunto. 

jueves, 7 de septiembre de 2017

La niebla (2017) ¿Terror veraniego, drama familiar o alternativa para echarse la siesta?


Aunque recientemente el número de episodios por temporada en televisión se esté reduciendo, el verano sigue siendo la época para emitir series más breves, que puedan probar suerte en unos meses de menos competencia, o en el peor de los casos, por ocupar espacio. Es un buen momento para probar con alguna sin el problema de quedar vendida con dos decenas de capítulos. Y más cuando el material que han tomado como referencia es una de las mejores novelas cortas de Stephen King, a la que, la brevedad por la que se caracterizaba en la obra de un autor tirando a libros mastodónticos, el formato de serie más corta era muy adecuado.



La niebla contaba previamente con una adapción cinematográfica sorprendentemente buena (la de Frank Darabont en 2007. Nada que ver con la película de John Carpenter ni su remake de la misma década), donde se introducían importantes diferencias respecto del original que incluso le habían gustado al propio King. La niebla, como serie, se separa todavía más de este: los puntos básicos de la trama coinciden, como son la aparición de una niebla, relacionada con los experimentos que en una base militar cercana se están llevando a cabo, las criaturas que la habitan y sobre todo, el efecto que un encierro prolongado en un entorno hostil tiene sobre los personajes. El resto, es un enfoque muy distinto. Una de las fuentes de conflicto se trasforma del fanatismo religioso tradicional a un enfoque en principio más inofensivo, como es el ver a la naturaleza como una fuerza mística, pero que en las circunstancias adecuadas es igual de peligroso. Y la familia protagonista cuenta con el conflicto previo de vivir en una comunidad marcada por la estrechez de miras y las habladurías. A estos se les unen dos personajes nuevos, probablemente relacionados con el origen de una niebla a la que King solo dio referencias veladas: un soldado con amnesia que proviene de las instalaciones donde esta empezó, y una delincuente cuyo pasado es un misterio.





Con el añadido de tramas y personajes, es posible plantearse si la novela original daría realmente para una serie de diez episodios. Seguramente no, pero los aportes al guión, debidamente tratados podrían haber resultado en una producción que expandiera y modificara esta de una forma interesante y con posibilidades. El convertir a las criaturas de la niebla en una amenaza de corte más sobrenatural, donde lejos de ser monstruos tangibles, adoptan la forma de lo que desean o temen sus víctimas, y la trama que traen consigo los personajes nuevos, abría muchas posibilidades para una serie de terror y supervivencia, que aportaría algo más de novedad a un tipo de ficción que está demasiado ligada a los zombies (bueno, esto último es una apreciación objetiva, Como si yo fuera a quejarme de que hoy hay superávit de zombies...). Posibilidades que por desgracia, son sustituídas por una serie de tramas que, por la torpeza con la que se ejecutan y por lo poco relacionadas con el tono de la serie, hacen que esta entorpezca el ritmo general y que nunca quede muy claro con qué aspecto quiere quedarse el guión. Si el original combinaba de forma efectiva los miedos colectivos y el fanatismo, su versión televisiva hace una mezcla, muy mal llevada entre el argumento fantástico, que era el que seguramente esperaba su público, y una serie de dramas familiares que resultan fuera de lugar: desde el primer episodio se dedican a insistir en lo cerrado y politicamente incorrecto que es el pueblo de los protagonistas, en plantear una tragedia familiar que acompañará a la hija de estos, como es el haber sido violada y el encontrarse encerrada en el mismo lugar con su supuesto agresor...y por si no fuera poco, terminan cerrando estas con unos giros en los que aparecen padres y hermanos descubiertos en el último minuto dignas de un telefilme de los de antena tres por la tarde. En general, una forma de enrevesar y alargar capítulos bastante floja, y que poco tiene que ver con el resto de lo que aparece en pantalla. A veces dan ganas de gritarle a los personajes que se olviden un poco de las tragedias locales y que se centren en el bicherío que hay en el exterior, que ya resolverán los conflictos luego. O directamente, que se los coman y quedarnos con la trama que habían prometido.



Los protagonistas de esta parte del guión son los que más presencia tienen durante gran parte de los episodios, y a los que acaba siendo sencillo desear que desaparezcan rápido, o que sean reescritos de otro modo. En concreto, una adolescente cuya actitud acaba resultando más que improbable, y una madre interpretada por una Alyssa Sutherland que quedará muy mona en shorts y pantalones pitillo, pero cuya actuación consiste en poner cara de estreñida y encontrarse, como mucho, en un estado de disgusto permanente. El resto cumple ordenadamente su papel de víctimas y poco importa lo que hayan hecho durante el resto de la serie, porque a partir del sexto capítulo se empieza a sospechar que en ese centro comercial no va a quedar ni el apuntador.



Aunque sea evidente que disponen de menos medios que en otras series, una parte se compensa recurriendo a escenarios cerrados y sobre todo, a la niebla titular. Pero en una serie de terror (al menos, en principio) tarde o temprano tienen que aparecer algunos efectos especiales que lo justifiquen. Que aquí no son especialmente brillantes: mucha infografía, normalita para estos días, pero uno diseño de criaturas que, quizá pretendiendo justificarlo por el giro sobrenatural que se les ha dado, acaban pareciendo una especie de dementores de marca blanca y algún que otro diseño genérico que sale en contadas ocasiones.

Como serie basada en una novela, La niebla ha resultado desastrosa: tramas melodramáticas que poco tienen que ver con la principal, personajes sin carisma que las convierten en algo todavía más insufrible y una resolución que, por un lado termina el drama familiar de una forma más ridícula, pero lo finaliza para bien, y que por otro, le pone al espectador el cebo de un argumento más interesante que el que pudo haber estado viendo durante los últimos diez episodios. Y que, al menos este último, funciona: la secuencia final hace pensar que, ya que hemos llegado hasta ahí, no nos podemos quedar tirados sin saber qué pasa después.

jueves, 31 de agosto de 2017

La Torre Oscura (2017). No han olvidado el rostro de su padre



Stephen King ha sido uno que ha aparecido muy poco por aquí. Algo bastante raro cuando su saga La Torre Oscura fue una de mis series favoritas. Si bien es una que decidí cortar por lo sano porque su autor estaba tomando una dirección que no me gustaba nada. Una situación muy distinta a cuando la empecé: poco después de terminar todo lo escrito y por escribir de H. P. L, decidí volver a lo conocido, con una saga que, como se estilaba entonces, ponía el nombre de su autor en la portada más grande que el propio título. Todavía acostumbrada a una narrativa más lineal, y más abundante en escenarios tópicos, encontré la historia de un pistolero, tal cual, que se desplazaba por un mundo del que solo sabíamos que “se había movido”. Que perseguía al Hombre de negro por algo que había sucedido en el pasado, de lo que solo teníamos breves retazos, y que había más mundos que el suyo. Uno de ellos, donde encontraría a los compañeros que lo acompañarían en busca de una Torre que servía de hilo conductor a la historia más ambiciosa que había ideado King. Al menos, en sus comienzos. El primer libro descubría un mundo extraño y fascinante. El segundo, presentaba a los siguientes personajes. El tercero, los puso en marcha y me hizo pensar que, si no podía saber qué sucedía después, me daría algo (era una lectora muy apasionada). El cuarto tardó una década en llegar y me hizo pensar que La Torre Oscura, tal y como yo la conocía, había terminado. Y que el que la escribía ahora era el King que no me gustaba. El que se explayaba hasta la extenuación, el del desbarre y el de un estilo quizá demasiado pagado de sí mismo. Y ahí se quedó la cosa, dándole tiempo desde entonces a terminar la saga (y a que me sirviera lo mismo conocer el final mediante resúmenes y spoilers), a que se publicara la precuela en formato cómic, y finalmente, lo que había parecido imposible: que La torre oscura se adaptara al cine.



Esta versión cinematográfica no venía libre de críticas: comenzaba como parte de un proyecto en el que la historia se iría cubriendo mediante películas y series. Pero los cambios en el equipo creativo, la manera de enfocar el guión, y sobre todo, que un material tan extenso se redujera a una producción de noventa y cinco minutos, hizo que llovieran las críticas y esta entrega lo tuviera muy difícil. Factores que en realidad, no eran tan malos, y desde luego King ha visto versiones de sus libros infinitamente peores. Para empezar, La Torre Oscura del cine no es una adaptación, sino una secuela de los libros. Y si esto parece una decisión extraña, también es la más adecuada para este formato: el material original terminaba de forma que esta continuación, o nuevo comienzo, sea de lo más viable. En ella vuelve a aparecer el Pistolero, los distintos mundos, El hombre de negro, quien pretende destruir la Torre Oscura, que ahora es claramente una barrera entre el universo y las criaturas que lo amenazan, y Jake, un niño que, al igual que unos pocos, posee ciertos dones que, empleados de la forma adecuada, pueden servir para destruir la Torre por completo. Algo que el Hombre de negro ha estado llevando a cabo buscando gente como él en los distintos mundos, a lo que quizá Roland, el pistolero, pueda ponerle fin. Salvo que este está demasiado cegado por la idea de venganza como para darse cuenta.


Si uno de los grandes temores era que un metraje tan breve no le haría justicia a la historia, este finalmente ha sido lo de menos. La historia transcurre en el tiempo necesario. Unos noventa minutos que a veces parecen un tanto atropellados, y donde en una producción donde los efectos especiales son algo, más que prioritario, necesario, puede dar una sensación un tanto apresurada, de estar saltando de una cosa para acabar en otra sin terminar de procesar la anterior. En algunos momentos, los cambios de escenario son tan bruscos que parecen haber recortado metraje con un hacha, sin preocuparse por aportar una transición adecuada. Por otro lado, le da mucho dinamismo, no hay ni un momento de aburrimiento, pero sí de reflexión, y, sobre todo, esta falta de minutos adicionales hace que la historia adolezca de momentos donde se aportan explicaciones o información al espectador. Lo que supone que esta produzca una impresión similar a la que se tiene cuando se lee el primer libro: el público comprende el mundo del pistolero mediante imágenes, intuye lo que puede y tampoco le dan tiempo para que pare a preguntarse quienes son tal o cual criatura o de donde vienen. Si durante mucho tiempo nos sirvió una explicación tan simple como “el mundo se ha movido”, ahora también.



Al tono adoptado para el guion se le adecúa muy bien la atmósfera de la película: llena de tonos grises, el contraste entre escenarios se presenta mediante las escenas entre un mundo muy basto, lleno de desiertos y ruinas, y un Nueva York un tanto desvencijado, pero abarrotado de gente de modo que incluso su protagonista manifiesta, con incomodidad, lo opuesto de ambas situaciones. Es precisamente este aspecto desgastado, o directamente, ruinoso, el que contrasta con los elementos más nuevos o más cuidados, que en realidad son reliquias y que sirven de escenario para el antagonista. Entre ambos, choca un poco el incluir un atrezzo que quizá sea el más discutible, donde en una historia más centrada en la fantasía oscura acaban apareciendo, para justificar los cambios de escenario, unos cuantos cacharros propios de la ciencia ficción apocalíptica, y que, en cierto modo, son los que más desentonan con el resto.

El reparto, y especialmente sus interpretaciones, ha sido uno de los pocos aspectos en los que no han sido tan críticos: Idris Elba es El pistolero, sin más, que consigue muy bien una mezcla de indiferencia total y de evolución hacia un personaje más humano y con mayor empatía. Y si a Matthew MacConaughey se le apareció la virgen con True Detective, aquí aprovecha su estela para ofrecer un antagonista más que sobresaliente. De hecho, el aspecto palillesco de Rust Cohle todavía está bastante presente en su caracterización.



En general, la idea de comenzar la historia por su secuela funciona bastante bien con un metraje limitado: el mundo de la torre oscura es demasiado amplio para pretender abarcarlo tal y como aparece, y esta es una forma igualmente válida de acercarse a él. Presentada, también, de forma muy segura: en el fondo, esta versión cinematográfica es una historia independiente, que queda perfectamente cerrada y que puede continuar o no. Pero en la que no faltan muchas referencias que, sin ser algo determinante para comprenderla, los lectores las reconocerán al momento: el objeto que Roland lleva consigo a todas partes, la aparición de la estación Terminus en uno de los pueblos, los servidores del hombre de negro (con un breve papel de Jackie Earle Haley. Que para este tipo de personajes es fantástico pero el pobre hombre se está poniendo cada día más feito), las esferas que este usa en algún momento, y sobre todo, las palabras que se repiten en varios momentos y que sirvieron de comienzo en el primer tomo escrito por King: El Hombre de Negro huía a través del desierto y el Pistolero iba tras él. Guiños reconocibles, o no, que sirven para dar a intuir una visión más amplia de una narración que, en realidad no ha sido tan mala como aseguraban, más bien al contrario. Y que con un poco de suerte, podría continuar en un futuro. Por una vez, espero que esta Torre Oscura cuente con la confianza necesaria como para poder ver algo más.

jueves, 24 de agosto de 2017

The Void (2016). Como hacer una película de horror cósmico al estilo de los ochenta



No sé si la tendencia continúa o si la ha ido sustituyendo la siguiente década, pero el revival de los ochenta pegó muy fuerte. Empezó como una serie de guiños que podían verse en Hora de Aventuras, Historias corrientes u otros dibujos destinados a un público algo más amplio. Se extendió al nivel de los remakes y las secuelas, y el último verano llegó a tener su propia serie. Pero si había algo que se notaba en todas estas apariciones, y en todos y cada uno de los episodios de Stranger Things, era que esto se limitaba a la nostalgia. A hacer aparecer cosas que le eran familiares al público, a tirar de lo referencial aunque esto estuviera muy bien recreado. Pero es difícil innovar cuando lo que se busca es ofrecer esa impresión de familiaridad y de hacer recordar algo ya visto. De nuevo, acaba siendo una producción pequeña la que consigue hacer pensar "Así es como se hacían las películas hace treinta y pico años", sin que parezca una fotocopia. Aunque esto también implique usar todo lo bueno y lo malo de aquella forma de hacer cine.



The Void cuenta con gran parte de los elementos reconocibles de la serie B de entonces: un escenario limitado, un grupo de personajes dispares encerrados, y una trama sobrenatural que se manifiesta a menudo de una forma un tanto física y chusca. La trama, en este caso, consiste en un policía que tras conducir a un joven accidentado al hospital más cercano (un centro con la mala fortuna de estar a punto de ser trasladado y contar con cuatro gatos entre personal y pacientes), ve como este es rodeado por un grupo de figuras encapuchadas que, pese a atacar a todos los que intentan salir, no parecen querer entrar y acabar con ellos. Sus intenciones quedan claras en poco tiempo: mantener a sus ocupantes dentro mientras las criaturas que habitan en su interior, ocultas hasta entonces, deambulan por los pasillos.

Lo primero que llama la atención a los pocos minutos de metraje es la vocación artesanal de la película. Esta tiene una estética muy intemporal, sin que haya nada que pueda indicar la fecha en la que tiene lugar y donde tanto los vestuarios como la tecnología se usan de forma lo bastante ambigua para que pudiera ser cualquier momento: uniformes, radios de policía, monitores de pc un poco obsoletos, pero que todavía pueden verse en funcionamiento, e incluso polaroids ayudan mucho a la hora de crear un entorno que el público reconoce, pero que podría ser cualquier momento en los últimos veinte años. Los efectos especiales también son lo más reconocible en este aspecto: salvo un par de ocasiones muy específicas, y hasta necesarias, donde se echa mano de la infografía, recurren a todos los trucos tradicionales posibles, tales como movimientos de cámara concretos, juegos con la iluminación y el oportuno fallo de esta cuando es necesario mostrar alguna criatura demasiado cara. Y sobre todo, látex y marionetas. Tantas como no se había visto en mucho tiempo: desde el primer momento, donde se las arreglan muy bien para que unos tipos tapados con unas sábanas y un triángulo pintado parezcan inquietantes (¿Cómo harán estos sectarios para ver algo de noche?) hasta el que aparecen maquillajes, cables, y monstruos manejados a la antigua usanza y con un diseño muy grotesco que recuerda a los excesos de muchas películas de terror. Aunque con reservas: se nota que los medios son limitados y prefirieron darle un aspecto más profesional en vez de gastarlo todo en efectos especiales, por lo que aunque estos funcionan, los que aparecen quedan muy lejos de lo que pudo verse en La cosa de John Carpenter.



El diseño de estos también es muy deudor de las series B. Muy grotescos, buscando parecerse a los excesos que se ofrecían entonces sin complejos y donde, igual que estas, no falta el gore en varias ocasiones: degüellos hay unos cuantos, y tentáculos saliendo de las tripas de algún incauto, también. Estos, y la atmósfera de la películas, son las que dan una impresión de familiaridad: recuerdan a otras producciones de terror, pero a las menos conocidas y explotadas. Al toque filosófico de Hellraiser, a lo confuso de The Keep y sobre todo, a las dos o tres producciones que se hicieron basadas en H. P. Lovecraft donde, lejos de evocar horrores sutiles, las babas, sangre y monstruos salían a raudales. De hecho, el desarrollo del argumento es lo más parecido a las ideas de los Mitos de Cthulhu sin que se los mencione ni una sola vez, aunque estos se reconozcan fácilmente en todas las referencias a lo sobrenatural y el diseño de algunos monstruos.



Todos los elementos que hacían memorable este género están presentes, pero también lo están los negativos. El comienzo es un tanto torpe y forzado, parece que todos están esperando en cualquier momento que vaya a pasar algo. Y el escenario se maneja de una forma bastante tópica: un hospital a punto de cerrar es resultón, pero no parece tener mucho sentido que un lugar que ha sufrido un incendio siga operativo con tan pocos medios, y sobre todo, que este estuviera desde un principio plantado en el medio de la nada. Y, si la segunda parte aprovecha al máximo el aspecto visual de la historia, el desarrollo de esta cae en el estereotipo a causa de un antagonista que, como todo villano de su clase, dedica a un buen rato a soltar parrafadas filosóficas. Algo que contrasta mucho con el tratamiento de los personajes, que dentro de los arquetipos comunes, aporten una forma de presentarlos un poco más distinta a lo habitual: mientras el antagonista caía en lo tópico, el trasfondo de los personajes principales no se detalla mediante diálogo, sino por medio de flashbacks que tienen lugar hacia el final. No solo a estos se los caracteriza por sus acciones y lo que sucede desde su aparición, en lugar de por lo que cuentan, sino que también hay algún giro donde los secundarios que tenían todas las papeletas para morir, resultan mejor parados. Aunque este punto a favor se debe más al guión que a lo que aportan los actores, casi todos desconocidos y que en el mejor de los casos, cumplen: se asustan cuando hace falta, gritan cuando es necesario, y no chirrían demasiado en la interpretación (aunque el protagonista se parecía un poco a Julián López de la Hora chanante y no terminaba de creérmelo como policía), pero cuando hay que mostrar algo más complejo no quedan demasiado creíbles.

The Void no es una película que cuente con muchos medios ni promoción a sus espaldas, pero es una producción efectiva: podrá recordar a la estética de otras películas y utilizará efectos tradicionales pero sin que estos busquen tirar de la nostalgia del público. Y sobre todo, da exactamente lo que prometía en el tráiler que empezó a circular hace algunos meses.

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