Series de tv, libros, cine...y una constante presencia gatuna

martes, 12 de diciembre de 2017

Sabela


Cuando se convive con un gato hay determinadas cosas que acaban por asumirse. Algunas son un tanto irritantes, quizá más para las visitas que para los que convivimos con ellas. Los pelitos en la ropa como una parte más del vestuario, el someter cualquier pieza de comida a vigilancia continua (y aún así puede desaparecer del plato en el momento menos pensado)  o que un ser vivo de una envergadura tan relativa sea capaz de ocupar el máximo espacio posible en cualquier sofá. En su mayoría son cosas que hacen que la vida junto a ellos sea un poco mejor: una compañía, no incondicional, sino en los términos que ellos deciden. Cierta empatía, muy curiosa, que utilizan en esas mismas condiciones. Quizá sepan cuando su humano está contento o triste, pero lo percibirán, y actuarán en consecuencia, cuando ellos decidan.

Pero también está la parte mala.
 
A menudo nos olvidamos de lo que decían nuestros mayores: en este mundo no se queda nadie. Un periodo que resulta dolorosamente breve en el caso de un animal, y más cuando se trata de un gato tan joven como Sabela.
 
 
Sabela tenía un poco más de cuatro años, unos bonitos ojos verdes, que acompañaban siempre a su expresión de permanente desconcierto, un tanto cándida y un carácter donde cualquier atisbo de agresividad resultaba imposible. También tuvo desde siempre un aspecto un tanto más frágil, casi escuálido comparado con su hermana adoptiva, más robusta, y nunca fue capaz de desprenderse de esa delgadez propia de un gato callejero. Una complexión ahora quizá pudiera explicarse poco después de comprobar como una prueba de inmunodeficiencia daba resultado positivo y ver cómo una anemia se la llevaba en poco menos de una semana.
 
 
 
Nos quedan, a Narnia y a mí, cuatro años. Cuatro, desde que apareció famélica, una tarde lluviosa de marzo, se hizo un hueco en casa junto a Dalek primero, y junto a Narnia después, y que desde entonces dedicó a vivir como merecería todo gato. Dormir, pelearse con sus hermanas, acordarse de plantarse frente al ordenador o los libros cuando su humana hacía algo importante, pensar que la comida que estaba en un plato parecía más suculenta que las croquetas en su cuenco y hacer más feliz su breve paso por mi vida.

jueves, 7 de diciembre de 2017

Feliz día de tu muerte (2017). Esto es como el día de la marmota pero en la universidad...


Es bastante raro que me decida a ver una película con asesinos. Bueno, las de Pesadilla en Elm Street las vi todas pero ya tenían el componente sobrenatural (y el carisma cada vez más de estrella del rock de Freddy Krueger), aunque por el motivo de la falta de interés en este género se quedaron fuera otras tan famosas como la saga Scream e incluso el Halloween original de John Carpenter (esto último debería ser motivo para ser lapidada con adoquines de Zaragoza). No habría un motivo claro por el que irse al cine a ver exclusivamente un estreno de ese tipo, de no ser por dos motivos: que La liga de la justicia se quedaba fuera del día del espectador por ser de Warner, y las entradas siguen siendo caras. Y que la alternativa había sido producida por Blumhouse, responsable de Insidious y The Purge. Bueno, y de tropocientas entregas de Paranormal Activity. Al menos en el peor de los casos los 4,50 euros no sería como para echarse las manos a la cabeza..



Feliz día de tu muerte presenta en principio el catálogo completo de todo slasher de adolescentes: una víctima sin empatía que más que ser asesinada, parece recibir su merecido, un asesino con una máscara llamativa, personajes muy estereotipados y un campus poblado con un reparto que en lugar de segundo de carrera, debería estar ya en un posgrado o haciendo sus primeras entrevistas de trabajo. Al igual que su comienzo, con el asesinato de una joven que no podía ser peor persona y más desagradable con su entorno. La diferencia es que esta víctima inicial es en realidad la protagonista de la historia: despertándose cada vez que es asesinada, se da cuenta que el día de su cumpleaños, cuando suceden los hechos, seguirá repitiéndose hasta que logre evitar su propia muerte. El día, revivido cada vez con los recuerdos anteriores, puede servirle para encontrar las pistas necesarias sobre su asesinato. Pero cada intento supone conservar las lesiones que causaron su muerte, por lo que tal vez no cuente con tantas posibilidades como creía en un principio.



En conjunto, el guión y la realización es bastante tópico, aunque tratándose de un subgénero tan marcado por arquetipos y escenarios, es difícil innovar. En este caso, han optado por hacer muy evidentes sus influencias: los slashers y la premisa de Atrapado en el tiempo. Todo, con mucho sentido del humor, y siendo muy conscientes de que, ya que no iban a mostrar nada original, al menos hacerlo con el suficiente desparpajo como para que la historia fuera entretenida.



Al menos, la idea funciona: a unos personajes tan estereotipados como su protagonista, compañeras de hermandad y ambiente en el campus solo es posible seguirlos cuando se los caracteriza de una forma abiertamente humorística. No es posible tomarse muy en serio a secundarios como animadoras desagradables, universitarios fiesteros y muchos otros que parecen sacados de una serie B de los ochenta, si no es para contrastar con el carácter de la protagonista. Con cada nueva repetición, esta no solo evoluciona como personaje, sino que se van revelando detalles de su carácter que sirven para explicar su forma de ser actual. En el fondo, acaba convirtiéndose hacia el final en el único personaje real que parece moverse en un decorado.


Las referencias a la película de Bill Murray se usan de forma muy directa. Tanto, que en un momento dado uno de los personajes comenta la similitud entre lo que sucede y lo que se vio en El día de la marmota. Aunque también acaba siendo lo que le otorga su gracia al guión en vez de ser una de asesinos más: si en su mayoría recuerda al primer guión por cómo su protagonista se va humanizando, y utilizando lo aprendido en su provecho, también en determinados momentos decide tomarse su situación muy poco en serio y hacer cosas que no haría en circunstancias normales: pasearse desnuda por el campus porque tiene las horas contadas, acabar peleándose con su compañera de fraternidad al seguir una pista falsa o morir en un accidente absurdo en lugar de ser asesinada le aportan un punto bastante fresco a un desarrollo que, aunque en su parte central parece cogerle el punto a esta trama sobre bucles y oportunidades, acaba resultando un poco forzado a la hora de buscar nuevos giros. Cuando parece que todo ha terminado, la historia vuelve al punto de partida por algún motivo concreto, bien por el giro final, o porque el guión intenta jugar un poco con la paciencia del público.



No hay mucho que decir de la realización, siendo más que correcta y muy pensada para el tipo de espectador que va a ver la película: es luminosa, tirando a moderna, y también muy deudora de lo que se lleva y lo que no en este momento. Tanto, que parece que dentro de unos años el verla resultará tan curioso y tan “de su época” como puede resultar ver hoy a Courtney Cox en Scream o a Jennifer Love Hewitt en Sé lo que hicisteis el último verano.

Feliz día de tu muerte no es una película original, ni memorable. Sus influencias están muy claras, pero al menos no las esconde pretendiendo ser original y en sus puntos más bajos hace pensar un poco que lo mejor del metraje fue ver el trailer de Insidious 4 antes de empezar. En los mejores, en cambio, es divertida, con un punto irónico de no tomarse demasiado en serio lo que está contando, y que al final consigue hacer pensar “ah, pues fue más divertida de lo que esperaba”.

jueves, 30 de noviembre de 2017

El juego de la sospecha (1985). El asesino fue el mayordomo. En el salón. Con un martillo. O el coronel Mostaza...


Si los videojuegos han tenido una carrera regular en el mundo de las adaptaciones cinematográficas, la presencia en este medio de otras formas de ocio ha sido practicamente inexistente. No por falta de trasfondo porque muchos seguimos pensando que, bien ejecutado. El juego de Dragones y Mazmorras hubiera dado una película más que decente, y si ya entonces el resultado fue bastante desastroso, es difícil imaginar que hubiera habido algún intento previo. Un medio como los juegos de mesa, entonces un poco más simples que las virguerías que se pueden adquirir hoy (y unas cuantas tardes jugando a Zombicide lo certifican), parecía una inspiración un poco rara para rodar una película...Pero a veces lo inesperado sucede, y lo mejor de todo, es que funciona.



Clue, El juego de la sospecha tal y como se estrenó en España, es la adaptación oficial al juego del mismo nombre, que aquí conocimos como Cluedo y que no había unas navidades que apareciera en los anuncios de televisión. La mecánica de este consistía en averiguar quien había cometido un asesinato, en qué parte del tablero, que representaba las distintas habitaciones de una mansión, y con qué arma. Que en este caso, deben descubrir un grupo de desconocidos, invitados a esa misma mansión, y que por razones de seguridad deben dirigirse entre sí por sus apodos: y así el Coronel Mostaza, el doctor Ciruela, o la señorita White, entre otros, no tendrán más remedio que descubrir, antes de que llegue la policía, quien ha asesinado a su anfitrión, pero también a la cocinera, la doncella y a dos pobres viandante que tuvieron la mala fortuna de llamar a la puerta en esa noche oscura y tormentosa, como escribiría Lytton.






Con una mecánica de juego tan simple y pensado para divertirse, la mejor forma de adaptarlo era conservar esas dos características: el planteamiento detectivesco y los elementos reconocibles del original se suman a un guión que mantiene en todo momento el tono de parodia del género policiaco, y a menudo, el de comedia gestual y simple. A veces, con algún que otro gag basado en dobles sentidos, y en otros, con un estilo muy para todos los públicos. Lo que le sienta perfectamente a una trama que también es muy deudora de la simpleza de muchas novelas de misterio clásicas. La estética también recuerda a esos años, aunque quizá la ambientación en la década de los cincuenta sirve para incluir algún giro sorpresa, y donde se aprovecha lo reducido de los escenarios para explayarse un poco en estos y en los vestuarios de los personajes: una mansión propia de cualquier escenario de terror (me pregunto si este decorado habrá salido en otras películas), unos trajes que no desentonarían en una película de época y un reparto que no duda en exagerar los clichés de los que se componen sus personajes.



Este punto también es una sorpresa teniendo en cuenta una producción donde alguien esperaría lo justito, y como mucho, algún actor en horas bajas. Aquí son todo lo contrario, y también lo que la convierte en una película muy válida: con un elenco entre los que se cuentan Christopher Lloyd y Tim Curry, tomándose muy en serio su trabajo, cuentan con momentos de comedia gestual realmente buenos y especialmente, con una secuencia final donde el peso recae practicamente sobre este último.


Puede decirse que el guión se queda en algo muy simple, a medio camino entre la parodia, la comedia sencilla y el no pretender otra cosa que resultar divertida, pero es más que suficiente para hacer pasar un buen rato, y sobre todo, para adaptar todo lo necesario de un medio muy distinto: si la película está basada en un juego de mesa, todo lo que en el aparece está presente: las piezas de la partida, convertidas ahora en un atrezzo puntual, los nombres de cada personaje, los distintos escenarios y la manera de descubrir a un culpable tan aleatoria como podría serlo el propio juego. E incluso, una de las bases de este, que era el plantear diversas hipótesis sobre el crimen en cuestión. En 1985 conceptos como interactivo, o finales alternativos estaban tan lejos como..bueno, como suelen estarlo ahora en el cine, porque la idea nunca termina de cuajar. Pero en este caso lo solucionan de una forma tan sencilla como el ofrecer distintos finales alternativos una vez presentado el primero. Parece bastante tonto, pero es un detalle bastante divertido y no hace si no añadir una nota de gracia, tirando la casa por la ventana y ofreciendo los dos o tres desenlaces más descabellados.



El juego de la sospecha es hoy poco menos que una curiosidad: se filmó, quedó medio olvidada si no es cuando la emiten en algún canal especializado en cine, y a pesar de ello, es una auténtica sorpresa descubrirla: al menos por una vez demuestra que con un poco de ingenio y ganas, es posible que una obra derivada de una franquicia resulte algo original y disfrutable. Y que con eso mismo, es posible trasladar cualquier idea al medio cinematográfico...Aunque, bueno, quizá no todo. Acabo de ver el trailer de una película protagonizada por emoticones y no tengo muy claro si la flamenca del Whatsapp va a ser un personaje interesante.

jueves, 16 de noviembre de 2017

Lecturas de la semana: el horror en lo cotidiano


Aunque en los últimos años me hice más aficionada a la novela que a los relatos (¿Y si la antología es floja? ¿y si algunos se me hacen cortos? ¿Y si el cuento más extenso no me gusta?), hay excepciones. Las recopilaciones de Valdemar son siempre un acierto en cuanto a calidad y casi siempre en cuanto a su contenido. Y en el caso de algunos autores, el cuento corto es la mejor forma de acercarse a ellos. Bien por conocer un poco su estilo, bien por ser los libros que están disponibles en ese momento, o porque el escritor en cuestión se haya especializado en este género.


 
Parecerá una tontería, pero esta ha sido de las portadas que más me ha gustado en lo que va de año

Lisa Tuttle. Nido de pesadillas. Tuttle cuenta con un libro, llamado Refugio del viento, escrito junto a George R. R. Martin (de quien fue pareja, y aquí termina el inciso Sálvame), y durante los ochenta en España se la pudo conocer gracias a su aparición en alguna que otra antología de Martinez Roca. Precisamente, esta es una recopilación de varios relatos que escribió en esa década.

Todos ellos se caracterizan por la presencia de lo femenino, las relaciones personales y familiares, y a menudo del deterioro de estas. Pero también de la presencia de lo sobrenatural, que se manifiesta de forma inexplicable.

El horror descrito por Tuttle puede ocultarse en una casa ruinosa, en unas ruinas británicas o con la presencia de un sanguinario dios azteca. Pero también en lo cotidiano: la enfermedad, la pérdida, los matrimonios rotos o memorias fragmentadas de la infancia sirven para crear atmósferas enfermizas, a menudo mucho peores que aquellas páginas donde existe un monstruo en el sentido literal de la palabra.

Los cuentos de la recopilación son muy breves, pero suficientes para describir en unas pocas páginas unos personajes que sorprenden por la profundidad de su caracterización en pocos párrafos. Y en los que en muchos casos, hay un golpe final, que quizá sean un recurso típico de la narrativa fantástica en los ochenta, pero que que sin duda funcionan: Nido de bichos, el primer relato, pude leerlo hace unos quince años en un tomo de la colección Horror de Martinez Roca. A la segunda página me dí cuenta que recordaba perfectamente su contenido.



Mariana Enriquez. Los peligros de fumar en la cama. Aunque cuenta con una novela y varios textos anteriores, esta es su primera recopilación de relatos. Que, comparada con Las cosas que perdimos en el fuego no resulte tan redonda, pero sí iba aproximándose a la temática de esta: en estos, lo sobrenatural aparece de una manera tan anodina que provoca dudas, sin saber si es real o solo la narración de un protagonista alucinado. Otras, se emplea como única explicación posible a lo que los protagonistas comienzan a sufrir. Pero el mayor peso en el libro lo tiene el horror como algo real. El descenso a la locura relatada por un personaje, el desarrollo, lento hasta la angustia, de un pensamiento suicida o una descripción meticulosa de una relación enfermiza que, parafraseando al refrán sobre los accidentes de tráfico, son desagradables, pero el lector continúa leyendo aturdido.


Para Mariana Enriquez, como escritora, es un lugar horrible. O más bien, uno donde no hay un sitio seguro en el que esconderse de lo que provoca miedo a nivel cotidiano. La autora puede describir, con total sencillez y al mismo tiempo, detalle, lo peor que puede encontrarse en cualquier barrio, sin que esto se limite a su Argentina natal. Si en cierto modo la descripción de distintas cuadras en Buenos Aires, de una posada alejada de la ciudad porteña hacía que su visión pudera resultar algo más lejana para sus lectores, en más de una ocasión acaba llevando el horror a un entorno más cercano. No solo empleando escenarios más reducidos como un domicilio o una casa, sino llegando a dar el salto y ofreciendo uno de los retratos más siniestros que podrían darse de la ciudad de Barcelona. Y que leído hoy, resulta inquietantemente acertado: un cuento escrito en 2009 habla de inmuebles ruinosos ofrecidos en alquiler como viviendas, y pintadas anti turistas. Leerlo en 2017, el año de la turismofobia y del imperio de Airbnb hace que este resulte una visión bastante clarividente de lo que podía llegar. O hacer pensar que todo puede ir a peor.

jueves, 9 de noviembre de 2017

Thor: Ragnarok (2017). The inmigrant song, luces de neón y lo que hacen los asgardianos cuando no posan de héroes


Thor ha sido la saga más floja en comparación al resto de las producciones de Marvel. Iron Man se salvaba gracias al carisma que Robert Downey Jr daba a Tony Stark, haciendo que sus películas giraran en torno a su personaje y el público olvidara el resto. El dios del trueno, en cambio, adolecía de una primera película que se tomaba demasiado en serio, una secuela que parecía un blockbuster de manual y unos personajes desaprovechados en su mayoría: Natalie Portman figuraba poco menos que de florero, y dudo que nadie eche de menos a Kat Dennings. Pero era también un personaje en concreto el que salvaba cada entrega, siendo el Loki de Tom Hiddleston lo más memorable que pudo aportar, además de todo un villano de opereta para Los Vengadores. Nunca quedaba muy claro qué hacer con Asgard , pero el universo Marvel tenía que seguir adelante y para la última entrega del Dios del Trueno decidieron tirar la casa por la ventana. A nivel visual y a la hora de arriesgarse y ofrecer algo muy distinto a lo anterior.  


En Ragnarok Thor no podía estar más lejos de la tierra. Tanto, que incluso a los personajes de las entregas anteriores son despachados con una mención muy breve, y siguen adelante con una propuesta distinta: este comienza evitando el Ragnarok con una batalla que resulta de todo menos épica, para regresar a Asgard encontrando de nuevo a su hermano y descubrir que el reinado de Odín era muy distinto a lo que había creido siempre: el padre de los dioses, exiliado en la Tierra, se muere, y su desaparición servirá para que Hela, la diosa de la muerte, entre en escena. Una enemiga capaz de despojar a Thor de sus poderes y exiliarlo, como se vio en su primera aparición, salvo que por azar y a un lugar muy distinto: un planeta en el confín del universo, donde encontrará a aliados tan dispares como el mismo Hulk, huido de la tierra, una valkiria e incluso su propio hermano.




El cambio de esta secuela respecto a las anteriores ha sido total e inesperado. Si en la primera se le dotaba de personalidad, un tanto grandilocuente, a través de Kenneth Branagh, algunas opiniones han definido esta como más cercana al estilo de Guardianes de la galaxia. La comparación se queda unicamente en mencionar la franquicia de Marvel que va más a su aire, porque en realidad el referente más directo viene dado por su director: Taika Waititi, quien estuvo detrás de Lo que hacemos en las sombras, y que vuelve a demostrar su buen hacer a la hora de quitarle dramatismo a unas criaturas sobrenaturales (vampiros, en el primer caso, el héroe de Asgard en este) dotándolos de humanidad. O más bien, de la patosidad y sentido del humor de un humano corriente. Los héroes tropiezan, se caen, a menudo sus posturas heroicas no salen bien y se ponen serios cuando es necesario. Este cambio de tono sirve también para reflejar la evolución de Thor, quien es muy distinto al héroe de la mitología nórdica de su primera aparición: menos dramático, con más ironía y al que se le nota su paso por Los Vengadores. Un cambio que también se hace patente en Loki, quien sigue manteniendo sus características principales pero dotado de una mayor ironía y ya completamente alejado del villano que hizo su aparición en Los vengadores. Si la aparición de Hiddleston sigue siendo una de las más celebradas, por suerte la película no se apoya integramente en la presencia de un personaje que se ha convertido en el favorito de los fans. Y, aunque en su momento se habló de filmar una película protagonizada por este, ya no es necesario: Ragnarok es tan suya como de su protagonista principal.


El tono de comedia, en su mayor parte, le sienta bien. Consigue mantener, que es difícil, un equilibrio entre esa visión desmitificadora de los héroes con las escenas de acción y las partes dramáticas. Durante la mayor parte del tiempo funciona, y hace que su primera parte, ambientada durante el exilio del protagonista, haga funcionar un estilo visual muy recargado, deudor de los ochenta y completamente opuesto a los tonos dorados y la pompa con la que se presentaba Asgard. Incluso es capaz de incluir esa comicidad en uno de los momentos claves, sin que desentone. Aunque en algunos momentos, el recurso se hace excesivo y parece que los protagonistas se caen de maduros en los momentos más inadecuados, solo porque da risa.



La estética es también muy distinta, y mucho más libre que las vistas hasta ahora. Guardianes de la Galaxia era muy space opera y Doctor Extraño tenía ya su punto de psicodelia, pero en este caso alcanza unos niveles de locura mayor: no faltan los colores chillones, unos escenarios cuya decoración bebe directamente de los peores excesos de los ochenta y una banda sonora muy inspirada en esa década, donde no faltan los sintetizadores pero tampoco el rock clásico, donde The Inmigrant Song, de Led Zeppelin, acaba por convertirse en la melodía oficial de la película.

La mayoría de decisiones tomadas en Ragnarok son arriesgadas: una estética tan marcada se aleja mucho del estilo más pensado para atraer el público en masa que emplea Marvel, y es muy probable que se convierta en esas que, o se aman, o se odian (en mi caso, lo primero. Y soy devota de los gatos, pero ¡Fenrir era amenazador y abrazable a partes iguales!). Otras, van más a lo seguro: Hela se queda un poco en la villana de la secuela, sin llegar a la falta de carisma de Malekith en En el mundo oscuro. Aparece de la nada, siembra el caos, y es la antagonista a vencer. Pero su presencia es poco menos que una excusa para un guión muy distinto: el de la evolución definitiva de Thor, de Loki, convertido en un personaje más burlón y menos malvado, y quizá, el de ofrecer un cierre más divertido a la historia de Asgard.


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